Suponiendo que Jaime Lucero hubiese hecho algún mérito en el pasado, lo cierto era que no se podía decir que fuese un hombre afortunado. Ni siquiera él podía decir de sí mismo que fuese hombre. Su novia Maite le había pedido el primer día: «No me cuentes nunca que te has enrollado con un tío. Me muero…´´ De asco, quería decir. Y claro, él no lo había hecho.
Pero no por ello era menos cierto, porque ciertamente aquella tórrida noche del 13 de octubre del 2017 su poderío había estado en la boca del varón que le había obsequiado con el suyo en su boca.
Lucero brilla de nuevo quitando el polvo a los recuerdos que no se desvanecen si no que provocan un alborozo en su pantalón.
Y aunque visto desde fuera su vida fuese un asco, como decían Maite, Tife, Brau y demás amigos que consideraban a los bisexuales como unos viciosos, él la goza sin haber vuelto a gozar el preciado fruto prohibido.
En su momento supo lo que quería y lo obtuvo inmediatamente.
Los besos y caricias prácticamente relegados de la escena ante la excitación del momento que volvía irreal la realidad: coche, perro, bosque, desapareciendo de los ojos clavados en los ojos del otro.
Pese a todo esto al bueno de Lucero nunca le había sonreído la fortuna. Estaba gafado, la mala suerte lo perseguía.
Había nacido en una familia de brutos. Su madre, anulada, relegada a la cocina hasta el día de su prematuro fallecimiento. El padre y sus tres hermanos apenas lo habían sentido, ni la habían llorado, ocupados como siempre en ser los más machos.
Lucero no, Lucero tenía sensibilidad, gusto por el disfrute de la belleza y por eso mismo siempre había preferido la compañía femenina a la masculina, hasta en la cama. Era esta ambigüedad, que los ignorantes calificaban de vicio, la que daba a Lucero el más amplio disfrute del espectro del placer.
Su predilección no era romper las normas, pero se veía apremiado a hacerlo. Tenía que vivir dentro de su piel y ello lo obligaba a satisfacer sus apetitos más íntimos. Sólo lo había hecho ese 13 de octubre, nunca más. Había probado aquél manjar y gozándolo, lo había dejado caer en un olvido esplendoroso. Con adoración lo mantenía protegido en la parte de su mente dedicada a los recuerdos ilustres.
Y sí, el día a día estaba poblado por las mujeres. A los hombres como los cuatro miembros de su familia que lo despreciaban por lo que era, él también los despreciaba con la despreocupación, que es la madre de la indiferencia.
Ahora es en este momento que sale con su chica, Lucía, a Maite ya la ha dejado, la que disfruta de los dones de Lucero. En la casa del padre, Lucero ocupa el sótano tras haberlo limpiado eliminando montañas de cachivaches. Se ha instalado cómodamente en él equipándolo con muebles usados rescatados aquí y allá para hacerlo más confortable. «Maite era un lastre en el vuelo hacía el horizonte, Lucía, la luz que me guía´´ Piensa jocosamente Lucero tumbado boca arriba en el sofá, dándole sentido a las manchas de humedad del techo de madera. Si quisiera eliminarlas él solo tendría que buscarse la vida, ayuda de su familia no obtendrá. Lo que a ellos les supondría un mínimo esfuerzo para él es un mundo. No es manitas, no como los otros cuatro, que se ganan la vida como arreglalotodo para los acomodados del lugar.
Antes, la familia de Lucero vivía en un pueblo al lado del mar. Ahora, viven en el mismo sitio, pero todo ha cambiado. Los vecinos de siempre fueron vendiendo, se derribaron las viejas construcciones para dejar paso a las villas de los ricos. La mísera casucha del que vive en el húmedo sótano representa una isla de mugre en medio del lujo.
Al padre y hermanos la desidia se los come mientras ellos beben cantidades ingentes de cerveza, amén los destilados combinados con refrescos altamente calóricos con los que siempre rematan las improductivas jornadas. Vaya, que se pasan el día beodos, maquinando en su estulticia cómo salir de la miseria sin dar un palo al agua. En cambio, Lucero, se pasa el día durmiendo y la noche escribiendo; las veinticuatro horas bajo los efectos de un opiáceo de farmacia que consigue clandestinamente. Desde que hay y mientras haya… La vida se ha vuelto maravillosa. Y lo toma para contrarrestar la mala suerte de haber nacido con sus circunstancias vitales, para que la crudeza se convierta en soportable.
A Lucero siempre le ha espantado depender de algo, pero paradójicamente es esta dependencia lo que ahora le hace sentirse libre. Libre de sus miedos, que no son pocos ni de menor entidad. Bueno, la dependencia y Lucía. Desde que se tratan el cielo se ha abierto para él. Las noches en el sótano se han convertido en el jardín de las delicias. Lucero ya sabe cómo colocarse frente al mundo, metafórica y literalmente. Sus piernas y brazos ya no adoptan la patosa postura de cachorro abandonado que en él era marca de la casa. Lucero es el mismo niño despistado de siempre pero ahora está con los pies bien plantados en la tierra para poder disfrutar de la compañía de Luci. Droga y Lucía: pareja de ases ganadora en la psique de Lucero.
Uno y otra totalmente interrelacionados porque sin opio no habría Lucía y sin Lucía no habría opio, ya que es ella la que se lo proporciona lejos de los cauces legales. Sí, así es.
Lucía lo había visto en el parque aquellas tardes, sentado en el mismo banco y él, que en principio no debería poseer el más mínimo interés para ella, la había arrastrado cual luna llena a las mareas. Siguiendo las tácticas del Principito se había ido acercando poco a poco al casi imberbe amasijo de huesos, pelo y cabeza gacha, con paciencia soberana, presuponiendo que la recompensa sería grande. No se había equivocado. Una vez vencida la frontera del espacio vital y después la frontera de la piel, la paciente Lucía se había encontrado en un territorio nuevo. Un territorio abonado con pureza, auténticas ganas de reír y con la mayor ambición que cualquiera pueda atesorar en el pecho, la ambición de ser feliz. Muy pocas personas sabían leer en el libro Lucero como Lucía.
Noche tras noche hacían el amor susurrando el placer, para que los de arriba no se diesen por enterados de su felicidad, y él contaba sus historias para ella. Y en el estado de las cosas se estaba produciendo un cambio para Lucero. Nunca, pero es que nunca, dejaría de ser un niño en un mundo de lobos, sin embargo desde que Luci había hecho entrada en su tan particular universo, éste se había empezado a transformar.
Y uno a uno, juntos repasaban los momentos en que recientemente se habían conocido.
Lucía es conocedora de los benéficos productos farmacológicos que ella misma representa siendo como es visitadora médica. Esta posición privilegiada hace que disponga de barra libre al albur de sus deseos. Para sí misma siempre porta en el bolso una amplia gama de anfetaminas. Son el toque de gracia en su sique gatuna, la que la hacen estar alerta de todo mal, pero también de las múltiples señales que la vida ofrece.
Si retrocedemos tres meses nos situamos en la época que precede a la estación estival del año en curso. Lucía, al terminar su trabajo a las siete de la tarde y antes de meterse en faena, antes de incursionar en los garitos en los que hay que dejarse ver, en los que ya sienta cátedra, aprovecha la luz que día a día va ganando terreno al invierno que ya ha vencido. Gusta de pasear por un parque que se extiende a la espalda de la muralla de la ciudad vieja.
Un día caminaba por la arboleda vetusta para terminar en la zona de césped salpicada de bancos de madera. El chico solitario que siempre veía se encontraba en esa ocasión acompañado de una gorda a la que sus cortas patitas casi no llegaban a alcanzar el suelo. Los dos representando la típica escena de la pareja discutiendo. Ella le leía la cartilla moviendo exageradamente su grueso tronco mientras un dedo acusador se agitaba delante del flequillo que tapaba el rostro del muchacho. La espalda encorvada de éste, remitía al espectador la exteriorización del desaliento. Lucía pensó sin miedo a equivocarse que la enanita debía de ser una buena pájara y él, un auténtico sufridor. «Es que hay personas que se buscan los problemas con mayúsculas´´ pensó de pasada. Sí, toda la escena ocupó unos breves segundos en su campo de visión, pero los días siguientes sus ojos siempre se posaban en el banco vacío. Hasta que volvió a ver al chico solo. Sin venir a cuento pasó a poca distancia mirándolo y cuando los separaba la mínima él levantó la cabeza. Aquellos ojos verdes, de loco, enloquecieron a Lucía. Los dos se prendieron así. Él enrojeció. Ella bajó la mirada a la senda que de pronto insegura transitaba. Se sintió insegura pero una certeza cobró sustancia en su mente estimulada por las centraminas. La de querer todo lo que pudiese obtener de él, siendo consciente de que cualquier mujer desearía ser la destinataria de esa mirada que de tan limpia enturbiaba la mente.
Al tercer día de repetirse la misma secuencia lo saludó parcamente pero fue suficiente para que él se retorciese los dedos de la mano izquierda con la mano derecha, apretándolos con fuerza. Haciéndose cargo de su incomodidad lo dejó estar así. Minutos contaba Lucía para volver a experimentar mirada y parco saludo, hasta que cuando el fruto hubo madurado el proceso de acercamiento se aceleró súbitamente. «¿Cómo te llamas?´´ Él, en vez de nombrar su nombre la encandiló diciendo: «Lucero´´ Ella abrió desmesuradamente los ojos para exclamar: «Increíble´´
Y así fue como Lucía se convirtió en la luz que guiaba a Lucero y la suerte de este comenzaba a cambiar.
Los meses pasaron, las horas discurriendo incesantes en el sótano para los dos enamorados.
-¿Has visto la película que emitieron en Cine Club anoche?
-Yo no tengo televisor, Lucía, ya lo sabes.
-Podrías haberla visto con tu padre, con tus hermanos.
-Yo no tengo padre, yo no tengo hermanos, ya lo sabes.
-Sí, es cierto, lo sé.
-Pues eso.
-¿Y nunca me vas a presentar a esos que no tienes, a los que viven arriba?
-No, nunca. No mientras podamos entrar aquí abajo por el acceso del jardín. Además lo más sensato es ignorarlos.
-Quizás tengas razón.-Asiente ella meciendo la cabeza de él en su regazo.
-La tengo, al enemigo ni agua y el agua que bebo de tu boca es miel para mí. Y es sobradamente sabido que a los asnos no se les da miel. Con el agravante de que estos asnos en particular tienen sesos de cerdo.
Ella no replica, pero se ríe.
-Ríete si quieres, pero no los conoces como yo. Saben que estamos aquí abajo, pero cuanto menos te vean mejor. Mejor para nosotros, quiero decir. Y no es broma.
-¿Les tienes miedo?
-Ciertamente, ahora que tengo lo más precioso que he tenido nunca, sí. La ignorancia es la raíz de todo mal.
-La ignorancia y el dinero.
-Así es, Lucía, y si ellos supiesen de tu alto poder adquisitivo no pararían hasta aprovecharse de ti.
-Ya.
-Sí, como digo, son unos cerdos.
-¿Cómo era tu madre?-Pregunta ella para intentar cambiar el tema de la conversación que se está volviendo bastante sórdido.
-Callada. Resignada.
-¿Era como tú, tenía tu sensibilidad?
-Sí, supongo, aunque no me acuerdo demasiado. Sólo tenía doce años cuando murió.
-¿Qué es de lo que más te acuerdas de ella?
-De sus manos rojas siempre metidas en el agua helada del pilón, de su espalda encorvada.
-Como la tuya.
-A mí el peso del mundo me aplasta.
-¿Ahora también?
-No. Cuanto más estoy contigo más ligero me siento. A veces me parece que la cabeza me va a salir disparada flotando hacia el cielo.
-¿Eso no es malo?
-No Lucía, es muy bueno. Me siento el más afortunado del mundo.
-Soy demasiado mayor para ti.
-Lo quieres decir es que yo soy demasiado niño para ti.
-Tu aire aniñado es lo que me enamoró. Eso y tu mirada. Me enloqueces.
Después de estas últimas palabras se quedan en silencio mirándose profundamente. Hasta que ella se inclina hacia abajo y lo besa con boca sabia. Es como un beso antiguo que pretende diluir todos los temores, allanar el camino que cuesta arriba Lucero transita. Nunca ha desempeñado un oficio, ni tiene estudios cualificados. Nada tiene, ni perspectiva de lograrlo. Si lo echasen del sótano se quedaría en la calle. Lucía estaría más que encantada de acogerlo en su apartamento pero eso no resolvería el atolladero en el que se encuentra. Su única ocupación es escribir y sus escritos son pura mierda, por lo menos a sus ojos.
Como si adivinase sus pensamientos, Lucía pregunta:-¿Cómo van tus relatos?
-No sé…
-¿Me lees uno?
Lucero se incorpora, alarga la mano cogiendo la libreta y se sienta al lado de Luci para comenzar a leerle. Le lee el que ha terminado la pasada noche.
LO QUE LA MUERTA DEJÓ ATRÁS
Acribillada de temores, Rosa ya no podía más. Se esforzaba día a día por no sucumbir a una pena tan grande como sólo la pena de saberse esposa y madre de cuatro monstruos le proporcionaba. Sus tres hijos lo eran, su marido, Leonor, lo era. Ella tenía que convivir con ellos. Lavándole sus miserias, siendo partícipe de los crímenes que cometían, siendo la coartada de las atrocidades que por la noche, casi todas las noches, llevaban a cabo.
Los hombres de aquella casa al borde del mar nunca habían dudado en matar a la hora de cometer sus robos. Robos en los que volcaban la más salvaje de las violencias.
La noche en la que familia de Rosa desapareció al completo, los cuatro ladrones, los cuatro asesinos, se encontraban sentados a la mesa planeando el último golpe. El que los sacaría de la miseria. La mujer, con los brazos metidos hasta la mitad en el agua fría del pilón contiguo a la cocina, escuchaba todo.
Los codos apoyados en el mantel de hule manchado, con restos de comida y los cercos indelebles de los vasos de vino. Los rostros del padre y los tres hijos mostrando los estragos del alcohol consumido sin tregua para soportar la mísera vida que pronto abandonarían. Así lo creían ellos, pero lo cierto era que los crímenes que estaban a punto de cometer, no constituirían ninguna salida, ninguna solución a esa vida auto impuesta. Los asesinos se miraron a los ojos y el padre se levantó, salió de la cocina y volvió al momento cargando la escopeta de caza, el arma ejecutora de la familia vecina. Matarían a todos. Ese era el trato que tenían con el abuelo. Sólo éste se salvaría. Lo que el anciano no sabía era que también él iba a morir.
Las sombras del jardín los recibieron silenciosas y taciturnas. Antes de abandonarlo vieron al frente, callados, serios. Al otro lado de la calle la gran casa de los vecinos dormía ajena al drama que tras sus gruesos muros pronto se desarrollaría. El único que se encontraba en vigilia era el abuelo, encerrado en su cuarto, tembloroso de nervios y miedo. Al saber que era la hora acordada con los asesinos, ya se arrepentía, pero ahora ya era tarde. El vecindario parecía contener la respiración. Se volvieron a mirar y cruzaron. Al llegar a la casona, el más joven de los hermanos, el más menudo, fue a la parte trasera y se coló por el ventanuco del baño, abierto por el abuelo para la ocasión. Ocasión de muerte, fracaso, dolor.
La puerta de entrada se les franqueó y los cuatro se encontraron en el vestíbulo oscuro. El olor de la cena aún estaba reciente en el comedor familiar. Sin dilación, subieron la escalera. El hijo mayor del matrimonio, despierto en su cuarto, escuchó pasos y saliendo de su cuarto vio a las cuatro sombras subir. La acción se precipitó.
El chico entró de nuevo en su cuarto y sin dudarlo se descolgó hasta el patio. Los tres hermanos fueron en pos de él, mientras Leonor entrando en la habitación de la hija menor, le descerrajó un disparo en el pecho mientras estaba en la cama. Los padres se despertaron para recibir a la muerte en el pasillo. El abuelo la esperó en su habitación. No tardó en presentarse. Después de las cuatro detonaciones que acabaron con los cuatro miembros de la familia, el padre salió a la calle. En ella estaban sus hijos agarrando al que quedaba vivo. Lo arrastraron a su casa mientras no dejaba de gritar. No habían encontrado el dinero prometido por el abuelo. Antes de morir, éste, no le había podido decir a Leonor dónde estaba escondido. Solamente, al entrar el padre en su cuarto, y sabiendo que no iba a respetar lo pactado, sabiendo que también él iba a morir, se había meado encima.
La madre y esposa de los asesinos había visto los fogonazos de los disparos por la ventana del pilón. Había visto cómo cazaban al hijo mayor de la familia vecina. Justo antes de que metieran al superviviente en la casa, justo antes de que lo descuartizasen, salió a la carrera. Una hora después corría por el puente de la autopista, llorando, gritando, desquiciada. Los coches pararon y ella saltó la barandilla hundiéndose en las negras aguas…
La casa de la miseria ardió…
-¿Eso que ha sido…Cómo has escrito eso?-Pregunta Luci espantada. No se cree que el buen Lucero haya podido escribir algo que abandona la sensibilidad de sus relatos.
-Ya…No sé…
De pronto los de arriba hacen más ruido que de costumbre, parece que se están peleando. Golpes, carreras, retumbar del techo, voces inquietantes se suceden. Los dos enamorados se miran a los ojos.
-¿Llamamos a la policía?-Pregunta asustada Lucía.
-No, no, yo ya estoy acostumbrado, pero mejor tú vete, tienes miedo.-Afirma él, cogiéndole la mano entre las suyas para tranquilizarla. Ella las tiene sudorosas, en pocos segundos se le han puesto así, la ansiedad disparada.
Ciertamente Lucero está más que acostumbrado a estos cristos, pero claro, Lucía no. Ella ahí, sentada en el destartalado sofá, vestida con un elegante traje pantalón, perfectamente maquillada y perfumada en ese sótano que rezuma humedad. No es que parezca una anomalía, algo que no debiera estar donde está, es que lo es.
Lucero duda, la magia del momento que hasta hace un rato vivían, estallando al percibir él la incomodidad de ella. Inevitablemente la hace suya, la incomodidad. Se levanta precipitadamente del sofá y tira de la mano de ella para que también se levante. En silencio, para que los de arriba no escuchen nada, la conduce hasta la trampilla que da salida al jardín. Es en ese silencio que se despiden. Ni siquiera la ha mirado de la vergüenza que siente.
Lucía no entiende nada. Joder, Lucero actúa con brusquedad, con mala hostia. Y de repente, se encuentra parada entre las sombras de los setos. Da unos pasos inciertos y dubitativamente vuelve atrás la mirada. El ventanuco del sótano a oscuras, levanta los ojos y puede ver luz en la ventana de lo cree que es la cocina de la casa. Del sótano no obtendrá respuestas, lo sabe. Piensa confusamente que si ve a los otros, si ve lo que dios quiera que estén haciendo, algo se aclarará. Antes de asomar la cara al cristal, la bombilla de dentro se apaga, pero la luz de sodio de la calle basta para iluminar la escena.
Minutos han pasado y Lucía sigue sin poder apartar su espantado asombro del horror de ver a las sombras manchadas de sangre de los cuatro familiares de Lucero. Ellos no la ven. Hasta que lo hacen. La descubren. Se desata el infierno. Lucía corre con la esperanza de alcanzar su coche y cuando está abriendo la puerta una mano se posa apresurada sobre su hombro.
Los asesinos corren tras Lucero y Lucía. Estos delante de ellos huyen, en dirección a la marisma que separa la franja de tierra donde se ubica la casa de la desdicha y la mar. Un denso cañaveral precede a las aguas cuajadas de juncos. Se miran en la penumbra a los ojos anegados de agua y sal, embotadas sus cabezas por los gritos de los perseguidores. Los cuatro detrás, la mar enfrente, el cañaveral dormido en la noche sin luna.
Todo se precipita aunque nada parece suceder ocultado en la oscuridad. La esperanza se quema hasta desaparecer. Poco antes del alba la casa también se quema, arden los inútiles sueños, arden las sombras.

