Los relatos que en el mercado me encontré de Martín Silvestre
← Volver al catálogo
Realista · 7 de septiembre, 2026 · 8 min

EL COLOR SON LLAMAS

La noche se encendía en farolas altas de lámparas de sodio. Abajo la calle resplandecía, humedad y reflejos en charcos sucios. Mateo bajó del primer autobús de la madrugada. Las cinco y media. Veinte minutos antes lo había cogido en su barrio de las afueras, al lado de la playa. Caminó debajo de los soportales con el paso rápido del que busca droga.
Cuando era pequeño acompañaba a su madre a esta misma lonja. Vendían camarón. Era feliz viendo las transacciones, el movimiento de la gente trabajando mientras la ciudad dormía. Ahora compartía con el pasado ese mismo sentimiento de felicidad al usar con los demás yonquis las instalaciones de la lonja para comprar y colocarse.
Teo dejó atrás la garita del guarda y entró directamente a las letrinas. En los quioscos de café de fuera le habían dicho que en ese momento estaban moviendo caballo en los baños.
El suelo era un lodazal. La vida de Teo no, no era un lodazal. Era un caleidoscopio de brillos afilados en esos baños, en callejones apartados de los lugares comunes de la ciudad.
Mateo entró. Un hombre alto, delgado, apoyado en la pared del fondo vigilaba la entrada y la fila de los compradores que iba hasta uno de los cubículos. Se puso de último en la cola, en un momento estaba en el retrete enfrente del vendedor. Era un tipo de unos cincuenta años con pinta de tranquilo. Lo conocía de verlo por ahí, le decían `èl Profesor´, un trapi pacífico, legal.
Cogió la postura de dos talegos y se metió en el baño contiguo. Una mujer mayor que Teo hablaba en voz baja con el vigilante. Antes de que cerrase la puerta apoyándose en ella, le dijo:
-¿Puedo fumar contigo?
-Claro, claro-contestó él.
Cada unos se acuclilló enfrente del otro, con la loza abierta en medio, desplegaron las platas y fumaron.
-Está bueno-Dijo ella. Tendría unos treinta años, era baja, morena de piel, parecía gitana.
Él asintió con el canelo en los labios.
Siguieron fumando la mezcla oscura, agria, caliente mientras se deslizaba por el papel de aluminio, intercambiándose pocas palabras y breves sonrisas. Estaban allí, huyendo de sus pecados. No estaban ligando, cada uno ya tenia su propia pareja: el caballo. Eran personas completas una vez que ya se encontraban bajo los efectos del opiáceo.
Teo, antes de terminar la fumada, dobló la plata y la guardó en el bolsillo interior de la chupa de cuero.
-Adiós-dijo.
-Hasta la vista-le respondió la mujer.
Las diez de la mañana. El tiempo había pasado veloz. El chico pensó en antes, antes de conocer la paz beatífica del caballo, cuando las horas discurrían lentamente, siempre esperando la siguiente que trajese algo que mereciera la pena vivirlo, que fuese justificación para llamar a aquello vida y poder continuar con ella. Desde la entrada triunfal de la heroína en su día a día, estos habían cobrado interés por sí mismos, el brillo de lo magnífico iluminando los minutos corriendo incesantes. Siempre en la cresta de la ola. Hasta la próxima fumada. Como dijo alguien: no existen razones para fumar heroína, pero teniendo heroína quien necesita razones.
Teo doblado hacia delante sobre la gota. Teo consumiéndose en la llama ardiente.
Estaba en una mesa del `Àlmas Perdidas´´con un café delante de él. Los marineros en ropa de aguas y botas de goma verdes gritaban jilipolleces en las mesas de al lado. Veía a través de ekllos el edificio de la lonja y un trozo de cielo gris. Alguien se acercó desde atrás.
-Hola-era la mujer de los baños.
-Hola-le dijo él.
-¿Qué haces?-preguntó ella sosteniendo un vaso de tubo con hielos y licor.
-¿No es un poco pronto para eso?
-¿Y para lo otro no?
Se quedaron mirándose a los ojos, los labios sonriendo con resignación.
Teo le hizo un gesto hacia una silla vacía.
-Me llamo Mateo, ¿y tú?
-Gloria.
-Te queda bien.
-¿Y eso?
-No… como estás en la gloria permanentemente…
-No te creas-dijo ella.
La mujer calló, Teo también.
El silencio no era incómodo, estaban a sus anchas, colocados.
-¿Dónde vives?-preguntó ella.
-En las afueras, al lado de la playa.
-Te llevo-dijo apurando el vaso. Teo asintió con la cabeza.
Se levantaron y fueron al callejón de atrás de los bares, donde estaba el coche, un Opel pequeño, lleno de abolladuras y óxido. Teo se sentó, el asiento estaba marcado de decenas de chinazos de cigarrillos. La mujer al volante. Arrancaron.
Al llegar a las primeras playas la chica llevó el coche a un aparcamiento enfrente de las olas rompiendo en el frío arenal de Enero.
Teo desplegó la fumada. Gloria se remangó la cazadora vaquera. Encima de la muñeca una úlcera le comía el brazo.
-¡Joder!-exclamó él.
-De meter coca- dijo tranquila. Un poco más arriba se metió el chute de blanca.
Empezó a sudar y a mover la cabeza dejando escapar por los labios entreabiertos sílabas sueltas sin sentido.
Teo acabó la goa y se bajó del coche dejándola en su sicosis, sin siquiera despedirse. No valdría de nada.
Veinte minutos después pasaba por el portal de su patio. La puerta abierta, la casa desangelada. Cruzó el pasillo hasta la habitación del fondo. Ramón, su padre, su fuente de ingresos, dormía con los ojos abiertos mirando al techo. Cinco años desde el ictus sin cerrarlos testimoniando que dentro solo había vacío. O eso pensaba Teo.
Después de cambiarle el pañal sin apenas asearlo volvía a recorrer el pasillo esta vez empujando la silla de ruedas hasta dejarla delante de la programación matinal.
Le dio el desayuno que su padre tragó maquinalmente. Lo mismo hubiese comido arena. Pero estos sucintos cuidados lo mantenían vivo, atado a un cuidador al que nunca había querido como hijo. Éste le había salido maricón. Era cierto que Teo no era homosexual, adoraba los cuerpos femeninos con o sin pene, pero si tenían pues mejor.
En todo caso mantenía el asunto en el reino de la paja, a sus veintidós años continuaba siendo virgen. En ese pueblo llamado Mateo entrar en relación con los pueblos vecinos era una quimera. Las relaciones sociales fuera del mundo de la droga eran inexistentes.
Hasta la hora de la comida precocinada que comería con Ramón el tiempo lo rellenaría con otra fumada, el verdadero alimento del chico.
Compró cerca de su domicilio y se detuvo a fumar en un solar abandonado. La casa semi derruida estaba rodeada de un bosque de eucaliptos. El olor a limpio de los árboles casi mitigaba el olor acre de la heroína. Casi. Al terminar ni siquiera arrugó la plata, abrió la mano y ésta planeó hasta el piso de abajo, posándose en un antiguo mosaico de baldosas cuarteadas. Guardó el canelo y bajó con cuidado arrimando el costado a la pared, raspando el cemento desnudo.
Arrastrando el alma en los pies cansados llega al almuerzo con su carcelero, con su reo, con su padre. Al terminar acostó a Ramón sin ni siquiera cambiarle el pañal y allí, en el asqueroso camastro, se acurrucó a su lado. En ese estado de permanente colocón Teo ya no diferenciaba sueño de vigilia, realidad de fantasía inducida por la droga. Fantasía también prodigada por unas vivencias tan crueles que el amparo del delirio se convertía en necesidad. Se acostaba en la cama con su padre para alimentar la irrealidad, alimentar la inconsistencia de una realidad que se le escurría como agua entre los dedos.
Avanzada la noche en su barrio ya no servían. Los hermanos Junquera se atrincheraban en su casa y no contestaban el teléfono. Al no ser todavía de madrugada la línea de autobuses aún no estaba restablecida. Teo caminaba hacia el puerto, llevaba quince minutos de marcha, el Opel rojo se detuvo a su lado. Gloria le sonrió abriendo la puerta. En el asiento del copiloto iba un tipo alto, delgado, el vigilante del «Profesor´´. Se bajó para que Teo pudiese pasar detrás.
-Éste tiene polvo y blanca-dijo Gloria a modo de presentación-él es Teo,¿Teo, no?
-Sí, sí, me llamo Teo y por lo que veo tú sigues haciendo honor a tu nombre.
-Tengo que honrar a mis padres, qué remedio.
Los tres rieron. Gloria aparcó delante de la playa.
Tres horas después Teo se despedía y se iba rumbo a su casa. De camino la droga lo alejaba del frío, pero al entrar en la propiedad la humedad se le metió en los huesos.
Fue a la habitación de Ramón. Tenía los ojos cerrados, los párpados enrojecidos, hinchados. Se hallaba muerto. Lo vio allí tumbado, como siempre, y nada le causó extrañeza o alarma. Cuando la muerte no es espectáculo es decepcionante.
Teo esperó a la mañana siguiente, fue al banco del barrio y dio la orden para retirar todo el dinero en efectivo. Ya en casa con el dinero guardado en la chupa llamó a emergencias.
Teo compró gran cantidad de heroína para no tener que salir a buscar.
Duerme de día, toda la noche colocándose. Oscura es la noche, el color son llamas.