Los relatos que en el mercado me encontré de Martín Silvestre
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Realista · 27 de agosto, 2026 · 13 min

Los límites de Sando

El amanecer de aquél día en que todo cambió para bien, para Sando, fue anodino. Nada se salía de lo acostumbrado. Y ese hecho le daba al muchacho, que ciertamente ya empezaba a dejar de serlo, la absoluta seguridad de que así como había comenzado, así terminaría.

En ese año 2008, Sando contaba con treinta primaveras.

Tostadas, café y mermelada de higo y cereza. Su hermano la elaboraba y era la preferida de Sando. Rojo brillante, espeso, sobre el pan crujiente. Extender la azucarada mezcla, anticipación del placer de saborearla, proporcionaba al hermano pequeño de Elías el bienestar de sentirse querido, ya que sabía sin miedo a equivocarse que el mayor de la fratría cocía higos, cerezas y azúcar, sólo para él.

Los unía este hecho, que en todo caso era un hecho no constatado.

¿Qué los desunía? Todo.

Eran enemigos en las demás facetas de una vida competitiva por el amor materno. Y eso a pesar de que los huesos de la destinataria de tanta pasión ya reposaban detrás de una lápida. O quizás esa circunstancia hacía que el no haber resuelto, únicamente en la cabeza de Sando, la ecuación amorosa en vida de la madre lo impulsase a una carrera, de símbolos abstractos y no medibles, hacia ningún lugar. Aunque claro, todos los pasos lo conducían irremediablemente a Melcas. El barrio donde se ubicaba el cementerio parroquial. Sando, y sólo él, luchaba contra una sombra en su mente, por ver quién ponía las mejores siete rosas… Quién limpiaba mejor el nicho… Quién se encargaba del pago puntual de éste al sacristán…

Aquí, sí que todo era cuantificable.

Sin embargo había otra, otra lucha indefinible librada madrugada a madrugada en la mente de Sando. Lo que pensaba su némesis era cierto sólo para aquella mente patológica en la que se desarrollaba un drama irresoluble. ¿A quién de los dos había querido más, a quién seguía protegiendo desde el más allá? Para él, para Sando, no existía la duda. En fin, sí que existía, si no, no se pasaría la noche en vela, removiendo pensamientos, llevando su reivindicación hacia el cielo abierto de las conjeturas.

Signos matemáticos plasmados en centenares de hojas en blanco trataban de esclarecer el por qué de una vida sin signos de amor. ¿Por qué su madre nunca le había dicho: Te quiero Sando, por qué su madre, la misma de Elías, le demostraba a éste, en cada segundo transcurrido en aquél hogar ortopédico, que él era el destinatario de todas las atenciones? Y la propia pregunta daba la respuesta, resolvía todo. De ahí precisamente la lucha, lucha ya perdida de antemano por Sando. De ahí mismo nacía la patología en aquella mente condenada al fracaso.

Cada caída de la tarde Elías subía de la playa cargando con la cesta del pescado capturado durante toda la jornada y su buena progenitora lo esperaba con un plato de alimentos calientes sólo para él. Para el otro, para el que se pasaba las noches en vela haciendo Dios sabría el qué, sólo había una labor de costura tejida con el negro hilo del reproche.

Eran más los hermanos, pero ellos no contaban en aquella casa, en aquel drama, toda la lucha por el corazón amado monopolizada por el mayor y el menor, llevando este último la peor parte.

Y ciertamente que las cosas habían mejorado de forma sustancial cuando ella había expirado, hacía ahora un año, en la primavera del 2007. Mejorado para Sando, no para su enemigo mortal, que sufría el abandono masivo del amor. Ahora Sando estaba en igualdad de condiciones, ahora Sando sí podía competir: Flores, limpieza y pagos puntuales, eran su munición. La otra, la intangible, la que madrugada tras madrugada cargaba en su mente y disparaba al despuntar el nuevo amanecer, confiaba en que un buen día diese en la diana. Y mientras tanto…A comer ricas tostadas.

Elías no sabía, por encontrarse en la mar, quién consumía bote tras bote, quién consumía su preciada delicatesen, y así nuestro querido Sando se masturbaba mentalmente fingiendo que la dulce elaboración era para él, mientras extendía la jalea sobre el pan.

Todos los amaneceres comenzaban de igual manera. Elías, en la mar. Sando, saliendo de la vigilia de su cuarto para desayunar antes de dormirse todo el día, el otro faenando incansablemente.

La primavera traía crecida de luz, largas jornadas luchando con las olas en los rompientes. Ahí era donde Elías medía su valía como hombre, como marinero. La recompensa, peces plateados, peces lustrosos, peces grandes, que en la lonja valían sus buenos cuartos.

Cuando el sol apenas despuntaba por el Este, Elías dirigía la caña del motor fueraborda de la impecable hechura de su embarcación tradicional hacia mar abierto. Embarcación apta para la navegación en su ría, la que lo había visto nacer y crecer. Su abuelo materno, le había enseñado lo que más convenía capturar en cada una de las sucesivas estaciones.

«Incúlcale el amor por la mar´´ Pedía su hija al viejo, para que el primogénito, el primero en su corazón, el que tantas alegrías le había proporcionado desde aquél día de su feliz advenimiento al mundo, fuese como los antiguos: Duro cuerpo albergando fuerte corazón. Para su primogénito, el que hubiese debido ser el último, destinaba aquella buena mujer todas sus atenciones de madre, así como todos sus anhelos, todas sus esperanzas. Sí, hubiese debido ser el último, el único, pero no lo fue. Hijo bastardo, hijo querido, hijo más que deseado, fruto de aquel amor prohibido. Después, el error. Los cuatro errores. Un hombre maldito se había cruzado en la senda del amor que madre e hijo transitaban; y prometiendo, prometiendo, prometiendo, había estropeado todo debido al incumplimiento de lo reiteradamente prometido.

Dando su último voto de una confianza que ya no poseía, la madre había parido a Sando. Simultáneamente al nacimiento, el hombre había protagonizado su último acto de desaparición, imbuyendo un atisbo de felicidad al desgraciado alumbramiento.

Elisando, lo había bautizado.

Y al igual que su amado primogénito, este Elisando, había nacido y crecido sin padre, pero indistintamente, este Elisando, no había nacido con el pan del amor bajo el brazo. No, no lo había hecho. Y en virtud de ese desconocimiento, que marcaría con la indeleble huella del dolor a Sando, este había crecido sin madre, además que sin padre. De los cinco hijos que formaban la fratría él era el que se había llevado la peor parte.

La batalla con el mayor ya perdida, poco podía hacer aquél que al nombrarlo por su diminutivo familiar recordaba a la estupidez.

Treinta años después del inicio del drama para Sando, éste disfrutaba, amén de la mermelada de higo y cereza, de un año de liberación. Sí, así era, la liberación. Desde que mamá había fallecido, Sando se había liberado. Liberado de una competición tan dañina, tan discapacitante, que el hecho cierto del óbito otorgaba la victoria por sí mismo.

La muerte como disolvente de la algarabía emocional que en algunas ocasiones marca a algunas familias, y sume en la desesperanza vital a sus miembros más vulnerables. Los más vulnerables, los que instintivamente crecen para adentro, huyendo del mundo exterior, buscando la protección que en éste no hallan. Sólo agresiones, encuentran estas pobres almas sensibles, pero en todo caso, almas ilimitadas en los espacios interiores. Los otros, los espacios exteriores, la sociedad, para ellas sólo se constituyen como garantes de dolor; un dolor tan agudo que congela.

Y así se podía observar a Sando en sus primeras interacciones en la escuela, en los recreos de juego: Parado, con una mirada de pez muerto hurtada a los ojos de los demás.

Un lisiado, eso era lo que desde siempre había sido, y como lisiado continuaría si no fuese por los nutrientes que por el camino se había encontrado. Gracias a ellos, a los nutrientes, el querido Sando había cercado al dolor, le había puesto límites. Los nutrientes entendidos ni más ni menos que como las cosas que nutren. Como ejemplo, mírese la deliciosa mermelada que Elías elaboraba con cariño para él mismo y sobre la cual ejercía un severo control desde que se había dado cuenta de que se le iba de las manos, vaya, que otras manos se estaban encargando de hacerla desaparecer untándola en unas tostadas que él no disfrutaba.

Elisando, niño apocado, Elisando, superviviente, Elisando , conglomerado de sentimientos, unos nobles y otras bajas pasiones. Alisando muerto en vida y salvado gracias a la mermelada, por ejemplo.

Siempre que pensaba en su edad, Sando se congratulaba de haber protegido en la póstuma memoria, y sólo en ella, a la que lo había de haber protegido a él en vida y no lo había hecho. En definitiva, se congratulaba de haber sobrevivido a su mamá. Tarea nada sencilla, pero tampoco resultaba nada sencilla la lucha encarnizada con el mayor de sus hermanos por una memoria de amor unilateral.

Elías lo tenía más fácil, maestros, amores filiales, valor, confianza en sí mismo; todos estos atributos lo habían acompañado desde siempre y él los llevaba encima de forma natural. Se quería, pero este amor propio hacía de él, no un desinteresado amante del mundo, sino un hombre complaciente consigo mismo y un arrogante con los demás, hasta un arrogante para con el propio medio.

La lluvia incesante nunca coge desprevenido en la mar al marinero avezado, pero por eso mismo, Elías, que era un avezado marinero no temía las inclemencias del tiempo. Por eso y por su arrogancia.

Los temporales primaverales arrastran desde alta mar fuertes vientos, grandes olas, condiciones tan duras que a veces provocan tragedias, aún entre los más aguerridos lobos de mar.

Era todavía de mañana, la pequeña tormenta que de madrugada se auguraba desde la costa, se había convertido en una auténtica galerna. Elías no se lo creía, no se creía cómo se había podido equivocar tanto. Y tenía miedo. Temía que ese error le costase su preciada vida, la vida de un verdadero hombre de mar, de un verdadero hombre que en ese momento de peligro lloraba como un niño movida su embarcación como una brizna de hierba ante los continuos vaivenes enfurecidos de la mar convertida en una montaña de agua. Allí, en medio del temporal, no era nadie, toda importancia personal borrada de un plumazo.

Elías encomendándose a la patrona de los marineros, pero antes de ello, lo que parecía hacía mucho tiempo, se había encomendado a su patrona particular, a su mamá. La que desde el cielo hubiese debido protegerlo siempre al igual que en vida lo había sostenido. Después de este acto de fidelidad, el de haber antepuesto a su madre por encima de la mismísima Virgen del Carmen, una ola tan grande como un edificio de quince pisos lo sepultó en la profundidad de una caverna de agua.

Vivo de milagro, salió a la superficie mientras la oración interpuesta a la Santa todavía aleteaba en sus labios. El agua estaba muy fría. Por eso, por la diferencia de temperatura que le empapaba la entrepierna, por haberse meado encima, supo que sus días de arrogancia habían tocado a su fin.

Desencajado, dolorido, humillado, perdida la falaz sensación de protección materna mantenida durante toda su vida, Elías pisó la arena y en ella cayó cual largo era, derrotado. Había perdido. Todo lo había perdido; todo menos la vida, lo más importante que un hijo nacido de madre puede poseer.

Muy agradecido debería de estar, cualquiera en su situación lo estaría, pero él no.

Elías había mordido el polvo y eso no lo iba a perdonar. ¿Pero a quién, a quién no se lo iba a perdonar? Se preguntó lleno de odio mientras entraba en su casa mucho antes de la hora habitual.

Y en ese momento de entrar en el hogar, su hogar, allí lo vio, al auténtico objeto odiado. Al que su querida garante del amor siempre había odiado en silencio o eso creía él, al que desde que ella falleció se permitió deshonrarla con las atenciones póstumas, al que también él mismo había odiado en silencio desde siempre y en todo momento. Pero no esa mañana, no, no esa. Los correctos silencios se habían acabado.

Sando, con delicadeza, mantenía en su mano izquierda la crujiente tostada, mientras que con el cuchillo en la derecha untaba la roja mermelada de higo y cereza. Su mermelada, la que su adorada mamá le había enseñado a elaborar en las interminables noches otoñales.

La mar, ultrajando su hombría, Sando, ultrajando los recuerdos sagrados, no vio venir el mazazo que lo derribó de lado en el frío suelo de baldosas, antes e instintivamente de lanzar la estocada con el cuchillo afilado.

Y en ese momento, al esquivar el torpe intento de aquél torpe infeliz, Elías profirió una potente carcajada desde su erguida estatura que tuvo la virtud de reconciliarlo con el mundo.

Y justo allí, otra vez, en ese momento y lugar, comprendió que sólo los auténticamente queridos, como él lo había sido por su progenitora, se convertían en capaces, en hombres que no pedían permiso, en hombres de verdad.

Cogió la tostada que todavía guardaba el calor de la mano de Sando y la engulló de un bocado.

Sando, desde el suelo, fijó su mirada de perro apaleado en el rostro del vencedor, y ella se iba transformando en rictus de sorpresa al producirse el cambio de gama cromática en la cara de Elías, en la cara del perdedor. El que todo lo estaba perdiendo por su arrogancia al creerse mejor que Sando. Por esa falsa creencia, desde siempre, se había apropiado del amor de la madre, que a todos sus hijos amaba por igual, al igual que se había apropiado de la tostada que sostenía la mermelada de higo y cereza. Y ahí aprendía todo esto antes de que el hueso de cereza que lo asfixiaba terminase su cometido final.

Sando, recién estaba comprendiendo, recién estaba aprendiendo, que sus propios límites eran el espejo de los límites del mundo.

Los límites del otro, incluso los de su amada madre al no poder verbalizar el amor que sentía por todos sus hijos , eran los límites de Sando.