Y había nacido en un entorno tan salvaje, tan hostil, que para sobrevivir en él sólo había podido convertirse en un asesino, pero a pesar de todo su sensibilidad natural aún reclamaba su lugar y para protegerla, para satisfacerla, solamente le había quedado crecer para dentro, escondiéndola de los terribles sucesos que día a día soportaba su vida.
Más allá de la villa el gran basurero, amenazando con tragársela. Allí era de donde sacaban el sustento los miles de desharrapados como Jairo, habitantes involuntarios de la inmundicia. La marginalidad cercando su cuerpo, la marginalidad en lo más profundo del pecho. Así Jairo cultivaba la violencia como quien pone todo el celo en cultivar una cosecha de sangre que algún día dará los frutos de desolación y muerte. No era su predilección matar, si bien ciertamente lo hacía con premura cada vez que el guión del drama que protagonizaba así lo exigía.
Jairo subsistía a base de aire, de aire y ratas. Éstas eran cazadas en el basurero, asadas a las puertas de su chabolo, devoradas como fiel sustento de su demacrado cuerpo y al finalizar la deglución, siempre, siempre, le esperaba la pipa con el paco. Éste era el aire que animaba la cruda realidad, el impulso creador del paraíso artificial que hacía soportable la vida en esa villa, en esas villas que se repetían a millares por todo el globo, drenajes del mundo de los opulentos, vertederos de los desechos de éstos, purgatorios en la tierra; los grandes pecados del hombre post moderno los hacían más que necesarios.
El hambre nunca saciada con la paupérrima vianda dio paso a la pipa de cristal.
Jairo arrojó a un lado los huesecillos del roedor y sacó de entre sus harapos la pipa con la que fumaba el paco. La última escoria resultante de cocinar la cocaína. Era vendido en estos parques de atracciones del más despiadado horror a un precio irrisorio pero en todo caso altísimo para los que como Jairo se buscaban la vida rescatando cachivaches inútiles que los peristas de la barriada les compraban por unas pocas monedas o que directamente les cambiaban por la droga.
Fumó.
Decenas de coloridas imágenes se sucedieron tras los párpados cerrados que se movían convulsivamente, como si los ojos fuesen a salírsele de las cuencas.
Rápidamente, así como había venido, el flash desapareció, dejándole el sabor del fracaso en la dolorida cabeza. Este paco era lo peor que el muchacho conocía, pero aún así fumaba y fumaba. Era lo único que poseía. Colores sin orden ni concierto lo tenían enganchado para poder escapar día tras día de la aplastante realidad. Sufrimiento a discreción, calor enfermizo, hedor insoportable, ratas escuálidas, paco, muerte asegurada. Todo esto y nada más que esto ofrecía la villa.
Jairo abrió lentamente los ojos para saborear el momento. Una arcada tan fuerte que lo dobló por el estómago hizo que volcase su escaso contenido sobre la hoguera donde había asado la rata. Las llamitas azules de los plásticos que eran el combustible habitual de cocción de la cena se apagaron bajo el torrente de líquido maloliente que le salía de lo más profundo de las entrañas. Cada vez que esta escena se repetía, y en los últimos tiempos era más que frecuente, Jairo se preguntaba de dónde salía tal cantidad de contenido. Desde luego por su boca no entraba. Apenes comía, apenas ingería líquido, pero el vómito siempre era abundante. Un misterio. Jairo no era imbécil. Sabía que estaba enfermo, enganchado hasta la médula. No había escapatoria para él. Estaba sentenciado.
Sentado en un bloque de hormigón, pies descalzos sobre el polvo, cuerpo desnudo bajo un sol que a pesar de estar en su ocaso, abrasaba. Desde su salida hasta su muerte, abrasaba. A la cinturilla del pantalón descolorido que tapaba sus partes portaba el cuchillo que lo libraba de todo mal. Era su más preciada posesión. La más necesaria. De pronto, un grito desde detrás de la loma que ocultaba el vecindario de chabolas donde estaba la propia sacó al muchacho de su ensimismamiento.
-Jairo, Jairo!
Maldijo entre dientes. A estas horas nada, nadie, lo importunaba. Y él reconocía por la voz al más que indeseable visitante. Húscar. Así era apelado. Su verdadero nombre olvidado y oculto bajo ese apodo. Quizás nunca lo había tenido, seguro a nadie le importaba.
Una vez Jairo había peleado duramente por un tesoro, un enorme butacón de cuero que semi enterrado en la ladera de una colina de escombros desafiaba las leyes de la gravedad. Debajo de él una considerable altura hasta el suelo. El sol de las primeras horas se carcajeaba de una veintena de criados de Osuno cercando a Jairo apoyado con una mano en el respaldo del hallazgo mientras que con la otra blandía el cuchillo con el que mantenía a raya a los rastreadores del señor de la basura. Estos proferían amenazas desde sus viejas bocas desdentadas. Amenazas destinadas al merodeador solitario, al que siempre habían visto ir por libre, amenazas de muerte contra Jairo. Este conocía los peligros de no trabajar para las diversas mafias que controlaban el reguero de mísera riqueza que salía del inmenso basurero. El capo de capos, Osuno, enterraba con frecuencia a los elementos díscolos como él en su reino de muerte. Hasta ese día se había librado, pero si persistía en conservar el hallazgo para él sólo todo iba a cambiar. Todo acabaría para él. Pero aún así se resistía a entregar lo que consideraba suyo. Los sitiadores se reían considerando que el muchacho no tenía nada que hacer a pesar del cuchillo, más pronto que tarde caería bajo las afiladas latas que portaban a modo de armas.
El sudor bañaba a Jairo, cuando un potente silbido hizo que la barahúnda volviese sus miradas hacia arriba. Húscar estaba en lo alto del promontorio de mierda. Jairo lo conocía de vista a pesar de vivir muy lejos, en otra barriada de la villa, lo había visto siempre de lejos y reconocía en él a uno de los sicarios de Osuno. Fue bajando con el andar soberbio de los elegidos, de los intocables.
-Si quieres eso necesitarás ayuda por partida triple. Solo no te lo quedarás, solo no lo transportarás, solo ningún perista te lo comprará. No sin el beneplácito de mi gente. Es demasiado valioso para un mierdecilla como tú, pero hoy me siento generoso.
-¿Y tú qué ganas?
-La mitad, ya ves que soy muy espléndido.
Jairo dudaba de que así fuese. Tenía, y no sin razón, al sujeto por un elemento endiabladamente sórdido. No se creía nada, pero sin quedarle otra opción aceptó.
Entre los dos desenterraron el butacón y lo dejaron caer deslizándolo por la escombrera. La frustración reflejándose en los rostros de los acosadores, hasta que uno a uno se fueron perdiendo de vista abandonada la idea de apropiarse del tesoro. Entre miradas golosas Jairo y Húscar atravesaron todo el poblado hasta el barrio de los peristas.
Concluida la transacción no se había arrepentido, todo se había resuelto favorablemente, pero lo cierto era que ni aún jornadas después había sido esclarecido el por qué del trato tan ventajoso para él. Quedaba en el límite del enigma. ¿Por qué Húscar había protegido, había ayudado a Jairo?
Quizás estaba a punto de averiguarlo. Y lo cierto era que el sabor a bilis que el vómito le había dejado en la boca era miel comparado a la desazón que le provocaba recibir en la puerta de su morada a Húscar.
-Jairo…-Ya lo tenía a escasos metros pero aún no se habían visto. Él callaba. Y en ese silencio desenfundó el cuchillo manteniéndolo oculto a la espalda.
-Hombre…-Se detuvo también precavido aún sabiéndose intocable por la protección de la que gozaba.-Que calladito estás…
-¿Qué quieres, cómo me has encontrado?-Preguntó medio oculto en la penumbra.
-Ya sabes hombre…Preguntando a tus amigos…-Una mueca socarrona deformaba sus facciones de hiena.
-Ya, ¿y qué quieres?-Repitió.
-Ayudarte, como siempre.
-Ya…
-Aparca tu desconfianza muchacho, vengo a darte la oportunidad de tu vida, dinero, paco, todo lo tendrás en tu mano.-La serpiente tentaba con estas palabras a Jairo, que callaba. El otro, tomándose el silencio como interés por lo menos para escuchar, prosiguió.-Tengo entre manos un negocio redondo y para que veas que voy de cara, para que veas mi buena fe, ahí van los detalles.-Se veía muy interesado en compartirlos, los detalles; Jairo desconfiaba.-Como sabes vivo con mi hermanita.-El muchacho no sabía nada, callaba, miraba y apretaba la mano sobre el mango del cuchillo a su espalda.-Hay un hombre acaudalado de la ciudad que viene a tirársela por lo que para él es una miseria. Ahora está con él. Debemos ser rápidos, matar a su guardaespaldas, que espera fuera de mi chabolo y traernos aquí al gordo para pedir rescate.
-Si es tan sencillo hazlo tú mismo.
-Yo solo no puedo, hacemos falta dos. No me digas que no te interesa, una pequeña fortuna nos espera a cambio de unas pocas molestias.
-Ya…¿Y cómo es que cuentas con matar al caimán que guarda la puerta?
Húscar se levantó la camiseta y mostró un revólver en su cintura.-Con esto.
Ahora Jairo ya no dudó. El asunto estaba meridianamente claro para él. Con la tremenda oportunidad que le estaba brindando en bandeja saldría de allí, de la más absoluta miseria. Sólo por el valor del arma valdría la pena hacer el movimiento que se disponía a hacer.
Saltó hacia delante saliendo de las sombras y rajó el vientre del desprevenido Húscar. Desde luego éste no había previsto la maldad del muchacho ni su tremenda ambición. Quería el negocio para él sólo.
Con las dos manos Húscar presionaba tratando de meter las tripas que se le salían, los ojos desorbitados de espanto, boqueaba para intentar atrapar el hálito vital que ya lo abandonaba. Para asegurarse de que así iba a ser, Jairo se situó detrás de él y le pasó el filo por la garganta con tanto ímpetu que casi lo decapita. Antes de que el cuerpo cayese derribado en el suelo le quitó el arma con un movimiento diestro.
Con la información dándole vueltas en la patológica mente ni siquiera meditó en lo que supondría encontrar la chabola de Húscar en el laberinto de la barriada. Nunca había estado en ella, sólo sabía que en esa parte de la villa moraban los sicarios de Osuno y los peristas de esa zona que proliferaban a la sombra del capo.
Dejó atrás chabola, asesinado y fatigas antiguas, para ingresar en otro estado de las cosas. Algo nuevo, una nueva fortuna quizás, una muerte inminente tal vez. Estaba como alucinado, cuando se dio cuenta de que portaba una en cada mano las dos armas. Se paró. No tenía donde esconderlas, sólo vestía el paupérrimo pantaloncito. Un hombrecillo consumido lo veía con temor evidente, allí parado. Jairo, haciéndole gestos, consiguió sacarle la camiseta, no sabía el por qué pero le parecía inadecuado hablar en voz alta. La escena en sí destilaba el embriagador gusto de los sueños. Entonces, la noche sin luna se lo tragó.
Llegó dos horas después al barrio de los peristas y sin necesidad de buscar halló una puerta vigilada por un profesional. Elevada estatura, convenientemente musculado, abrigo de cuero pese al aplastante calor. Sin premeditación caminó a su encuentro exhibiendo los andares del ebrio para bajar la guardia del caimán. Lo consiguió. Éste lo vio desde arriba con desprecio, pero cuando estaba a pocos pasos le gritó:-Detente basura o lo vas a lamentar!
Sin haberlo pensado, Jairo se desplomó de rodillas quedando en el suelo debajo del gorila. Lo ensartó por los genitales. Aún así, el guardián descargó un tremendo mazazo sobre la cabeza de Jairo con el puño cerrado, derribándolo. Jairo mordió el polvo, el guardaespaldas aullaba de dolor, dos potentes detonaciones calmaron su sufrimiento. Y en ese mismo momento la puerta de la miseria se abrió revelando la mentira de Húscar, sin revelar el por qué de esta, pero todo estaba por llegar.
El objeto del deseo del gordo estaba detrás de él, era casi una niña, pero la sorpresa en sí la constituía aquél, el gordo. No era un rico habitante de la ciudad, era ni más ni menos que Osuno, capo de capos. Él, que controlaba todo el tinglado del reciclaje; Él, que en los últimos tiempos bregaba con los poderosos de la mega urbe para transcender la frontera de la villa en su negocio; Él, enterado de todos los pormenores de las vidas que de su férrea mano dependían; Él no había podido controlar a uno de sus más bajos elementos y éste había liado todo haciendo partícipe a Jairo de un oscuro y enrevesado negocio que había acabado con su vida.
Osuno estaba a punto de ser víctima de su concupiscencia y cuando cruzó la mirada con Jairo, lo supo, supo que iba a morir. En ese momento, allí parado, desnudo en el umbral, sintió lo que todos han de sentir cuando llegue la muerte: miedo y tristeza. Miedo a la nada y tristeza por dejar todo su poder, todas sus posesiones, todos sus secretos.
Jairo, antes de los inevitables disparos, también a punto estuvo de ser paralizado por el miedo, pero aún así disparó. El gordo quedó tumbado a los pies de la niña Luz, que lejos de mostrar temor o inquietud mantuvo sus ojos negros en los de Jairo. Así estuvieron unos segundos, inmóviles, callados, el silencio ya llenándose de las voces de los testigos. Jairo la encañonó pero sin intención de matarla. Su cuota de crueldad ya estaba cubierta por esa noche.
-Dame todo lo que tenga valor que el gordo portase en sus ropas.
Ella se dio la vuelta para salir al momento cubierto su cuerpo con un sencillo vestido blanco, portando en su mano la cartera de Osuno y bajo el brazo una carpeta de cuero.
-Yo me voy contigo. Aquí sólo me espera la muerte.-Dijo con sorpresivo aplomo, con auténtica calma.
-No tenemos a dónde ir. La muerte nos alcanzará allá a donde huyamos.-Fatalizó Jairo.
-No sé. De lo único que tengo seguridad es que estoy viva, de momento. Además, esto será nuestro salvoconducto a la libertad.-Dijo mostrando la voluminosa carpeta.
-¿Qué es eso?
-Secretos. Los que intercambiaremos por nuestras vidas, llegado el caso.
-Demasiadas mentiras, demasiados secretos envuelven este turbio asunto.
Ya corrían alejándose de lo inevitable, acercándose a lo imposible, a un futuro imposible que se les escapaba como arena entre las manos, cuando ella habló de nuevo:
-Turbio asunto en el que tú te has metido de cabeza por propia voluntad, me imagino que por avaricia, dejando fuera a mi querido hermano, ¿no es cierto Jairo? Porque las cosas hubiesen sido muy distintas si él estuviese aquí presente.
-¿Por qué me ha hecho partícipe de estos asesinatos?
-No, estos los has cometido tú. Sus planes eran otros, pero en todo caso a ti te conviene más el actual estado de las cosas, si él estuviese aquí presente, como digo, tú ya serías cadáver.
-¿Qué pretendía?
-Que matases por él, que murieses por él.
Sin detenerse mantenían este esclarecedor diálogo, esclarecedor para Jairo, pero los interrogantes eran aún muchos. Corrían hacia el límite de la villa. Más allá la infranqueable selva que la separaba de la ciudad. Jairo pensaba que sólo podían llegar a ella atravesando el infierno verde, en las carreteras les darían caza, pero en la intrincada selva tendrían una oportunidad. Sin embargo los planes de la niña Luz eran otros.
Poco a poco, la muchacha fue tomándole la delantera, como si quisiese marcar el camino, e inexorablemente Jairo se fue quedando rezagado. Su castigado cuerpo no resistía la velocidad que la cría le estaba imprimiendo a la marcha. Maldijo a viva voz para que ella se detuviese, sin conseguirlo. A medida que pasaba el tiempo él disminuía su velocidad y se daba cuenta de que ella estaba trazando una curva, dejando a la izquierda la maltrecha valla de alambre que marcaba el límite oriental de la villa, no sabía que pretendía, no sabía y se desesperaba, hasta que esa desesperación se transformó en rabia. Tendría que haberla matado cuando había tenido oportunidad pero quizás aún tenía ocasión, si no esperaba demasiado, porque ella se alejaba rápidamente. Y se alejaba con las posesiones del muerto.
Habían dejado las chabolas de la villa atrás hacía rato y la carrera los llevaba por la senda hacia la gran montaña de basura. La mano de Jairo que sujetaba el revólver se levantó y apretó el gatillo. El proyectil se perdió en el aire, la niña Luz se detuvo en seco. Jairo también. La pistola era el nexo que hacía que los dos mantuviesen un diálogo sin voz. Hasta que la muchacha la pronunció:
-Mátame asesino, y mata toda esperanza para ti.-La sonrisa en sus bellas facciones acompañando a estas palabras dieron sustancia a los pensamientos oscuros, los pensamientos enigmáticos de ella que mantenían en vilo a Jairo.
-¿Qué sucede aquí, de qué se trata todo esto?-Preguntó presa de unos nervios atroces.
-Se trata ni más ni menos que de la vida y la muerte, lo que para nosotros, los desheredados del mundo, se traduce en la supervivencia.-Las palabras de ella revoloteando como moscas alrededor de los dos no esclarecían nada.
-¿Qué dices, adónde vamos?
-Debemos movernos, donde hay movimiento está Dios y Dios está en todas partes.
-Sigues sin decir nada, la vida es más mundana de lo que tus galimatías ocultan.
-No sé, depende del día.-Dijo ella riéndose abiertamente.-Confía en mí.
Jairo, parado, seguía apuntando hacia ella, pero algo en su postura corporal parecía indicar que lo hacía sin ganas, como si en realidad no tuviese intención de matarla. Simplemente estaba así, observándola, también parada, con las piernas abiertas afincadas en aquella tierra de dolor y muerte, siendo este propósito, el de prevalecer, el de continuar viva, el único que parecía importar para ella. Y entonces la vio. Y la vio no ya como a una figura infantil, sino como a una mujer. La boca entreabierta, la boca sensual que decía lo que él no podía entender, lo atraía atrapándolo, llevándolo hacia aquellos profundos ojos negros que se hallaban lejos de sonreír. El vestido inmaculado prometía lo que apenas ocultaba y esto estaba provocando en Jairo el nacimiento del puro instinto sexual hacia ella.
-Lo que antes disfrutaba mi fallecido hermano, lo que él le entregó a Osuno por dinero, por ansias de medrar en la organización, ahora yo te lo doy a ti.-Dijo adivinando sus sentimientos, como si más que un ofrecimiento fuese un desafío.
Joder! La deseaba como no había deseado a nadie jamás, pero dudaba, las dudas lo corroían.-Dame lo que llevas del muerto.-Dijo encolerizado y no contra ella, si no con una situación que lo desbordaba.
Ella le lanzó la cartera que aterrizó a sus pies, pero mantuvo bajo el brazo la carpeta de cuero. Cuando Jairo la abrió comprobó que contenía un montón de billetes. Una pequeña fortuna, mucho más de lo que había visto en toda su vida.
-Si eso te parece mucho te aseguro que si confías en mí hay mucho más, más de lo
que te puedas imaginar. Tanto que sin mí, es tanto como nada. No te conformes con menos de lo que te toca, coge todo lo que te corresponde.
Ante estas palabras él no terminaba de discernir si se refería a la carpeta o a su cuerpo.-¿Qué llevas ahí?
-Ya lo sabes Jairo, secretos…
-Sí, lo sé…
-Lo dudo, pero yo te lo diré, yo pondré luz en tu mente, la luz que desde siempre has buscado. La luz es información y yo te la daré cuando llegue el momento.
-¿Y cuándo será eso?
Ella, sin contestar, seria, contempló alrededor el lugar donde se encontraban como si buscase algo. Se hallaban en una planicie delimitada a un lado por un viejo muro de cemento y al otro por el principio del basurero en su límite oriental. Y de pronto lo vieron. Vieron que una gran sombra pegada al muro perseguía a un hombre menudo que escapaba de ella presuroso.
Como si de una señal se tratase ella gritó apremiándolo:
-Esta es la señal, debemos seguirlos!
Corriendo con precipitación en pos de los huyentes avanzaron en el camino que se convertía en embudo. A un lado, la montaña de basura, al otro, el muro que desaparecía en el suelo desapareciendo con él la sombra. Ya no veían tampoco al hombre, solamente a un pequeño gato negro saliendo del punto en el suelo donde había desaparecido el muro, la sombra. Ya pareciese que corrían sin propósito. Hasta que se detuvieron. Ella observaba el basurero buscando algo, pero sin desconcierto.
La carrocería de un vehículo empotrada en el cúmulo de desperdicios atrajo su mirada, el portón trasero se hallaba abierto y con un gesto de cabeza que lo señalaba dijo:
-Por ahí se ha ido.
-¿Quién?
-El hombre Ézaro, el que de su sombra huía, el que dará todas las respuestas y nos hará libres.
-Ya…-Dijo Jairo sin convicción, y sin ella volvió a preguntar:-¿Y a dónde se ha ido?
-Al centro de nuestro mundo. El único que siempre hemos conocido y el que siempre conoceremos. Al reino de Fáfila.
Mientras decía esto ya se encaminaba al coche enterrado hasta su mitad en la basura. Los restos de pintura decían que un día había sido de color rojo y ahora dejaban ver el óxido carcomiendo el retorcido chasis.
Jairo, repitiendo los movimientos de la mujer, pasó una pierna y luego la otra al interior del vehículo. Éste, se reveló realmente como el principio de un pasadizo que emitía una fluorescencia con semejanza a lo sobrenatural. Lo cierto era que miles de restos orgánicos en descomposición daban alimento al ejército de bacterias brillando en la oscuridad de las arterias de la montaña de basura.
Ahora pareciese que los dos compañeros recién ingresaban en el principio de una gran aventura, aventura que los conductos, que transitaban y los encaminaban al vientre hinchado del basurero, dejaban un mensaje verbalizando un discurso de hedor, de muerte. Jairo, atento a esta comunicación casi mágica, apenas tenía fuerzas para continuar con un paso tras otro. Luz, no. Luz transmitía desde todo su cuerpo la energía de un movimiento incansable. Como si su mismo movimiento generase más energía que en un lugar y en un tiempo indeterminado terminó por encaminarlos al final. El final de su camino, el principio de un final no augurado por sus protagonistas.
Jairo, la niña Luz transmutada por la verdad de los hechos en mujer, el hombre Ézaro, estos eran los protagonistas de aquél drama que pronto se resolvería.
Una gran cavidad cuajada de miles de plásticos de colores los recibió en la cercana presencia del llamado hombre Ézaro. Sentado con las flacas piernas cruzadas sobre el gato negro, en medio de aquella estancia de fábula, daba vida a la personificación del auténtico anfitrión dando la bienvenida a sus invitados, a pesar del semblante serio.
En cambio, Luz sonreía.
Y en esa confianza mostrada por la sonrisa fue como se acercó al hombre sentado sobre su gato, con Jairo tras ella.
La mujer se sentó sobre sus talones, arrodillada en el suelo apelmazado de basura. La distancia entre ella y el hombre Ézaro así como la postura corporal, testimoniaban respeto. Miró a los ojos a Jairo y le indicó con un movimiento de cabeza que se sentase a su lado de igual forma. Estaban los dos enfrente del hombre sobre su gato, los tres en silencio.
-¿Qué me habéis traído?-Preguntó rompiéndolo. El gato se revolvió.
Luz le alargó la cartera, la carpeta de cuero.
-Con esto pretendemos vivir, escapar de la inminente muerte que nos acecha-Dijo Luz. Jairo callaba, no tenía nada que decir, no entendía nada de todo aquello.
-Para vivir, para vivir bien, no hacen falta tantas cosas, ¿no es cierto Miel?-El gato maulló a la vez que pareciese que aumentaba de tamaño, y Ézaro arrojó a un lado las pertenencias del muerto sin aparentemente darle valor-Quizás tenga más interés para mí aquello que no me mostráis ¿acaso son mis palabras falsas, muchacho adicto a la muerte o prefieres que te llame Jairo? Este es el nombre que tus padres desde siempre ausentes te pusieron.
-¿Qué sabes tú de ellos?
-Yo lo sé todo, porque yo sé leer en los huecos de tu cuerpo.
-¿Qué huecos?-Jairo, metido hasta el cuello en aquella situación que no controlaba, estaba empezando a sentirse en peligro, un peligro desconocido y diferente al vivido en la superficie del basurero hasta ese día.
-Los huecos que llevas en tu pecho. Los hechos no realizados se convierten en huecos en el pecho, huecos ilegibles, pero yo puedo hacerlo, yo puedo leerlos, yo puedo ayudarte. Luz y yo te ayudaremos.
-¿A qué, a qué me vais a ayudar?
-A sacar del interior de ti la parte no manchada por la muerte, la que te causas y la que provocas. A huir del sufrimiento que llevas dentro. A que tu naturaleza divina se manifieste y puedas vivir de acuerdo a ella. Lejos del paco, lejos de la miseria que siempre te ha acompañado.
Los dos sentados frente al hombre Ézaro, Luz bebiéndose sus palabras. Se giró hacia Jairo y asintió haciéndole comprender en ese sencillo gesto que lo que él decía era verdad, que Ézaro lo ayudaría a traspasar la frontera de la sombra y lo acogería en el reino de Fáfila, el reino de la luz.
A medida que el que sentado sobre el gato hablaba, éste, el gato, se iba haciendo más y más grande. Ézaro menguaba.
Y por primera vez en su vida Jairo sentía un miedo desconocido. No miedo a la muerte, a causar daño o a que se lo causase la droga, o los innumerables peligros de su vida envuelta en la violencia y la carestía. Sentía miedo a enfrentarse cara a cara a la parte de él mismo que había crecido para adentro, a su sensibilidad. Sentía miedo a perder la cabeza, a la locura de encontrarse en ese territorio nuevo y no poder afrontar las necesidades de su auténtica alma, la escondida. La que aboliría los viejos patrones de caos y crueldad restaurando lo que por naturaleza le correspondía. Ahora entendía todo. Todos los ofrecimientos de Luz. Iban más allá del dinero y del placer carnal. Se trataba ni más ni menos que el reencuentro con Jairo mismo.
Y eso era lo que lo aterrorizaba, llenar los huecos de su cuerpo, estar a solas consigo mismo.
Quizás había una posibilidad de hacerlo y no perder la poca cordura que tenía, no dejarla en el intento de cambiar los viejos patrones por los nuevos. Y esa posibilidad era Luz.
La tenía a su lado, los dos parados, de pie. Miel, el gran gato negro, a sus pies.
Ézaro había desaparecido creyendo que su cometido estaba realizado, pero todos erramos, incluso los hombres sabios, los hombres sin mácula, también yerran.
-Es el momento de ser conscientes de lo que somos, Jairo. Confía en mí-Dijo Luz.
-No. Yo nunca confié en nadie y nunca lo haré.-Sentenció ya sin dudar Jairo, a la vez que levantaba el revólver encañonándola.
Ahora ya no había rastro de calma, de compostura, ni seguridad en la mujer Luz. Con la precipitación propia del que teme por su vida y se apremia para ponerse a salvo, dijo:
-No lo hagas, si lo hicieses lo lamentarías toda tu vida…
-¿Qué lamentaría? Dime mujer.
-El haber desperdiciado la oportunidad de ser consciente.
La última bala del revólver detonó provocando una gran reverberación en la sala.
-Yo soy consciente a mi manera, muchacha.-Dijo Jairo a los restos de cráneo esparcidos por el interior de la cúpula que poco a poco comenzaba a desmoronarse.
La lluvia de plásticos que conformaban la bóveda auguraba su colapso. Antes de que eso sucediese, Jairo recogió del suelo las pertenencias del gordo y desanduvo los pasos que los habían llevado a la presencia de Ézaro.
A medida que recorría los pasadizos el júbilo le henchía el pecho y con ironía pensaba que ese júbilo quizás rellenase los huecos de su cuerpo. Sí, quizás la aceptación de su oscuridad lo acercaría a la luz.
Al abandonar el reino de Fáfila la claridad de un nuevo día lo recibió. Tras él, el enorme estruendo del derrumbe de lo que un día había sido el centro del mundo para Luz, lo despidió; A su vista, el sol salía por encima del mar. Jairo, sin temor, dirigió sus pasos hacia la naciente, hacia la ciudad. Hacia la protección del anonimato que ésta le daría.
La ciudad se desparramaba por la costa hasta la selva. Entre estos dos límites el infierno de metal y cemento ofrecía la seguridad a los millones de desharrapados que no contaban con un hogar. Para ellos, al igual que lo sería para Jairo, su hogar eran los innumerables edificios abandonados, las estructuras en desuso, las decenas de parques que salpicaban los distritos.
Jairo se sentía vivo, se tornaban sus viejos miedos en esperanzas. Algo dentro de él le decía que había obrado correctamente, que había sorteado las trampas y peligros, abriéndose ante él un horizonte despejado.
El día dando paso a la noche encontró a Jairo dentro de la ciudad, escondido en un antiguo túnel.
Las jornadas habían transcurrido, Jairo agonizaba de fiebre y vómitos.
Entre la niebla de su mente apenas se reconocía, cuanto más reconocería la causa de su inminente óbito. Y justo antes del feliz desenlace un destello iluminó su estulticia.
El sol despuntando, la cúpula derrumbándose, la esperanza naciendo en su pecho y por debajo de tanta actividad se pudo escuchar un pequeño ronroneo, un leve roce en su pierna desnuda. El felino negro Miel se restregaba contra ella. Cuando hubo atraído su atención, cuando sus ojos se cruzaron, le lanzó un mordisco que quedó marcado en su carne.
Ahora esa carne se encontraba tumefacta, hinchada, infectada hasta el mortal envenenamiento.
Y Jairo entendió que ya no había esperanza para él.
Nunca la había tenido.