Los relatos que en el mercado me encontré de Martín Silvestre
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Ficción · 27 de agosto, 2026 · 16 min

EL AMANECER DE LOS QUEMADOS

Luciano Morales está desayunando como todas las mañanas a las cinco en punto viendo el canal de documentales, el canal divulgativo que le gusta. Los contenidos siempre son de lo más interesantes. El del día de hoy trata sobre la importancia de la respiración, de toda la gama de ejercicios respiratorios que se pueden realizar para la consecución de una vida saludable.
En un punto del reportaje el entrevistador le pregunta en tono jocoso a la maestra, que imparte un taller de respiración en la ciudad, si él respira bien. La maestra le responde con otra pregunta:
-¿Es usted feliz?
-Podría decirse que soy moderadamente feliz.-Contesta el hombre.
-Entonces usted respira moderadamente bien.
El reportaje continúa desentrañando las bondades del taller, de cómo les ha cambiado la vida a los alumnos que asisten a él, etc. Pero Luciano Morales ya no lo sigue. Él se ha quedado absorto con la respuesta de la maestra. Piensa, sin un ápice de duda que él respira maravillosamente bien, porque lo cierto es que el señor Morales es feliz en todas y cada una de las facetas de su vida. Nunca hubo, nunca hay, nubarrones negros en el horizonte de su cielo, cielo azul iluminado por el sol de la bondad. Luciano quiere a todo el mundo con el que se relaciona, Luciano es estimado allá a donde va, en el trabajo, a pesar de tener un enorme equipo de personas a su cargo, en el gimnasio donde dos días por semana practica el squash, donde nada en la piscina, en el mercado en el que a media mañana realiza la compra diaria, en la cafetería a la que es asiduo; hasta lo conocen y respetan los acomodadores del cine que todos los viernes noche visita para no perderse los estrenos semanales.
Sí, sin margen de error, Luciano Morales es, auténticamente, plenamente, feliz.
Sólo hay un lugar en el que el señor Morales no es apreciado y este es en el centro de salud cercano a su morada. Y ello es así por el simple hecho de que no lo conocen. Jamás ha cruzado sus puertas. A sus cincuenta y cuatro años luce el aspecto de un jovenzuelo. Posee una salud de hierro, tiene una genética que sus nonagenarios padres confirman como envidiable, y además se cuida. Con el deporte que practica, con la ausencia del consumo de alcohol, jamás le ha dado una calada a un cigarrillo y su optimismo ante los hechos más adversos que se le puedan presentar hace que su sistema inmunológico esté fuerte.
Luciano Morales está como un ejemplar de rosa en primavera. Un ejemplar igual al que forma la docena que todos los sábados le obsequia a su amada como prueba de ese amor incondicional que siente por ella, que ella siente por él.
Luciano Morales es un individuo intachablemente pleno.
A las seis menos cuarto cruza la sala de la redacción de la revista del mundo del motor que dirige. Saluda a cada empleado, independientemente del puesto que ostente, por su nombre. Con los que llevan años a su cargo, con los que más confianza tiene, se detiene para preguntarles por su estado de ánimo, por su familia, hace los típicos chascarrillos e ingresa en su despacho. A las seis en punto una taza humeante de cacao es traída por su asistente personal. Ni siquiera se permite el vicio del café.-El café altera el sistema nervioso.-Siempre contesta cuando alguien poco avisado le pregunta.
-Gracias, Marcelo.
-Gracias a usted señor Morales.-Responde todas las mañanas su asistente.
La vida del director funciona así, como la maquinaria de un reloj suizo. Todo en su sitio, todo en orden. No hay margen para los malos entendidos, para las malas interpretaciones, para el error.
Luciano Morales, como hombre ordenado, organizado, observa para con su vida unos inamovibles hábitos.
Después de pasar cinco horas en el despacho de su empresa baja a la cafetería a tomarse un saludable sándwich vegetal con el que aguanta hasta las dos y media, que almuerza en el restaurante de siempre, siempre lo mismo. Pescado fresco a la plancha con calabacín y tomate.
Entra en la cafetería saludando al personal y a los clientes habituales . Sin necesidad de preguntarle, el camarero, le sirve el agua mineral y encarga en cocina el sándwich. Cuando se lo ponen delante sucede una de esas cosas imprevistas, algo que se sale del guión preestablecido.
Por primera vez en su vida Luciano Morales siente asco a la vista de la comida, no entiende qué sucede, pero aún así, mordisquea ligeramente el bocadillo.
El asco se transforma en una irrefrenable nausea. Tan potente que vomita el contenido de su estómago, el cacao de la mañana. Allí mismo, donde está. Ni le ha dado tiempo a ir baño, pero cuando se recupera levemente sí va a recomponerse. Se enjuaga la boca y se echa agua en el rostro pálido que se refleja en el espejo.
Al volver a la barra se deshace en disculpas. Paga y se va dejando intactas las consumiciones.
Subiendo en el ascensor, piensa. No se explica lo que le ha pasado, pero lo cierto es que algo sí que está sucediendo en lo más íntimo de su cuerpo, algo que ni la más calenturienta de las imaginaciones hubiese supuesto.
En todo caso Luciano Morales lo es todo menos imaginativo, pero sí llega a darse cuenta de que se encuentra mal. Y no es extraño de que así sea, porque algo que se salta, que sobrepasa el estricto ordenamiento natural del cuerpo de Luciano, de cualquier persona, a él le está sucediendo. Y lo nota. No sabe el qué, pero lo nota.
Lo primero que hace al encerrarse en su despacho es anular los compromisos en su agenda del día, y concertar una cita urgente en su médico. Está asustado. Está aterrorizado. La frente le suda. Las manos le tiemblan al buscar el teléfono del centro de salud, pero deteniéndose un segundo considera que la mejor opción y la más rápida será acudir a un médico privado.
Pulsa el intercomunicador y con voz desabrida le pide a Marcelo, su asistente, que le busque para esa misma tarde un doctor de medicina general.
Marcelo se sorprende muchísimo, por ambos hechos. En primer lugar por la cuestión del médico. Todos, en la oficina, son conocedores de la salud de hierro del señor Morales. Aunque lo que lo ha dejado de piedra ha sido el tono del mandato. Con él, con todo el mundo, el señor Morales es amable en su trato, aún más, es cariñoso.
Han pasado dos horas, es la una y media de la tarde, y el señor Morales está en la sala de espera del doctor Bueno.
-A ver si este matasanos está a la altura de su apellido, veremos si hace honor a él. Por el aspecto desangelado de esta sala me atrevería a conjeturar que los diplomas acreditativos que cuelgan de las paredes de este cuchitril los consiguió en una feria, una feria de mounstros.-Piensa Luciano con una acritud que si no partiese de su mente, le horrorizaría. De hecho sólo tres horas antes se escandalizaría de tener los pensamientos que en este momento dominan y nublan su entendimiento. Aunque lo cierto es que su mente ya no le pertenece a él por completo.
A primera hora de esa tarde, al señor Morales le han extraído el último de los cuatro tubos de sangre necesarios para completar el estudio que el doctor Bueno ha considerado que debe de hacerse para confirmar todas sus sospechas. Sus sospechas que se ha guardado muy mucho de hacérselo saber al último paciente tan desagradable que esa mañana ha entrado como una tromba en el consultorio de su clínica. Sí, se ha guardado de decirle que lo que piensa de él, echando a un lado consideraciones personales que no lo dejarían en un buen lugar, es que no le sucede nada que no se pueda remediar con unas horas de cama, porque eso sí es evidente, el hombre está falto de horas de sueño. Pero el tipo se ha puesto tan pesado que él ha optado por realizarle un estudio completo. En todo caso, el dinero es suyo. Que lo malgaste como quiera.
A primera hora del día siguiente el doctor Bueno tiene delante el resultado que el laboratorio le ha remitido. Era el esperado, al tipejo no le pasa nada, está como una rosa, aunque eso a nadie ya le importe.
Rosa, que a día de hoy la que Luciano ya puede considerar como su ex novia, nunca más le aceptará.
Después de salir del laboratorio y sin haber comido nada, Luciano se metió en el primer bar que encontró. La intención era satisfacer el apetito de los alimentos que aún no había consumido, pero el resultado final fue bien distinto, otro muy distinto.
Al acodarse en la barra, sin premeditación, sin venir a cuento, Luciano pide una copa de whisky. El camarero tiene alrededor de sesenta años y una larga experiencia en su trabajo a sus espaldas. Sabe a ciencia cierta que este hombre que ha entrado sin saludar, que ha hurtado la mirada a la suya, que luce el aspecto de no haber dormido en una semana, pálido y con semblanza de arrastrar durante mucho tiempo una enfermedad crónica y terminal, le va a causar muchos problemas. Lo sabe a ciencia cierta, sí, pero objetivamente no tiene ninguna excusa para no servirle la copa que seguramente maldita la falta que le hace. Probablemente lo que más necesitaría sería un plato de comida caliente, una ducha y una cama. Pero claro, eso no es asunto suyo. Conservando la calma, haciendo gala de una paciencia que los hechos que están por llegar van a hacer más que necesaria, le sirve el whisky.
Le sirve el whisky y la presunción hace acto de presencia.-Más!-Le grita haciéndole un gesto de que le llene el vaso.
-Una copa es una copa. Si después de terminar ésta me la pide le serviré otra, en el caso de que se sepa comportar.
-Maldito viejo friega retretes, ponme más o te mato!-Grita Luciano totalmente fuera de sí.
-Está bien caballero, ahora es cuando tengo que invitarlo a abandonar mi local. El local en el que ojalá nunca hubiese entrado.
Luciano lo mira con puro odio, coge el vaso, vacía su contenido en su estómago y se lo estampa en la calva al barman. Este chilla de puro susto, de puro dolor, pero antes de que los clientes que han sido testigos espantados de la brutal agresión puedan retenerlo, Luciano sale a la carrera.
Corre, corre como nunca lo había hecho en toda su vida, mientras una risa de pura maldad le deforma la cara.
A estas alturas de lo que le está sucediendo a Luciano, y a la vista de lo terrible que acaba de cometer, piensa. Un segundo solamente, pero piensa. ¿Qué le está sucediendo? El asunto no es para menos, es serio, podría haber matado a ese hombre. No obstante y debido precisamente a la naturaleza de lo que le está sucediendo, Luciano sólo tiene un segundo para reflexionar. Lo que evidentemente no es suficiente para nada. Ese segundo no basta para hacer algo que pueda rectificar lo hecho, para evitar lo que va a hacer.
Algo en lo más íntimo de Luciano Morales ha cobrado conciencia de sí mismo. Tan, tan en lo íntimo, que los análisis sanguíneos no lo podrían detectar jamás. En lo profundo de Luciano Morales, al igual que sucede en todo ser humano, hay una puerta. Una puerta que lleva a la dimensión de lo desconocido, y es ahí, donde el producto del despertar de conciencia de Luciano Morales, comienza a crecer a un ritmo frenético e imparable.
La pareja de Luciano Morales es veinte años más joven que él, pero a sus treinta y cuatro años sabe a ciencia cierta lo que desea, lo que quiere y sabe con todo su corazón, que lo ama. Luciano siempre, en cada minuto desde que lo conoce, ha sido un caballero intachable con ella. Sujeta las puertas que abre para que ella pase primero, le retira la silla en los restaurantes, se levanta de su asiento para recibirla sin rastro de reproche cuando se retrasa, afectuoso en cada momento y un fiera en la cama…Todo lo que una chica pueda desear recibir de parte de un hombre. También tiene la certeza de que ese deseo es compartido, de hecho no sólo por él, sino por la mayoría de los hombres. Es bellísima y este hecho siempre ha sido decisivo para mantener el listón de sus relaciones personales muy alto. Ella nunca ha pasado una falta en ninguna de sus anteriores parejas, pero fuera de toda duda está el que Luciano pueda cometer una falta para con ella.
Es por este motivo por el cual no se cree lo que está viendo desde el interior de la tienda de moda femenina en la que ostenta el puesto de encargada en la zona más comercial de la ciudad, en la milla de oro. Un borracho recalcitrante, un alcohólico, con un parecido asombroso a su amado, vocea su nombre desde la acera del exterior, entre trago y trago a una botella de whisky que atesora pegada a su cuerpo, meciéndola. Podría decirse que a la bella encargada le empiezan a caer hostias y no sabe de dónde. Primero sorpresa, alucine con el parecido, después incredulidad, para dejar paso a un asco que le sale directamente de las vísceras cuando por fin asimila que el espantapájaros con aspecto terminal que balancea su cuerpo al son de una música que sólo él puede escuchar, es su novio, es Luciano. Tan cierto es que de las vísceras le sale, como lo es la fuerte ventosidad que de ellas expulsa y acompaña al temblor de sus piernas, de todo su cuerpo cuando Luciano se propone traspasar el umbral de la tienda.
Propósito que el guarda de seguridad, Armando, desactiva neutralizando al que «joder, parece el novio de la señorita Sonia Almírez´´ A la vez que bloquea la entrada del hombre a la boutique, mira hacia atrás. Y es en esa mirada que se cruza con la Almírez, en la que sus sospechas se tornan en certeza de que el maloliente tipejo es ni más ni menos que el auténtico y magnífico señor Morales, director de Mundo Del Motor. Al mismo tiempo que la ventosidad sale del culito de la Almírez, lo que en principio pareciese ser un estertor para manifestarse acto seguido como una poderosa carcajada que sale de la poderosa caja torácica de Armando, inunda el ambiente sobrecargado con el fétido olor del miedo.
-Puta, dile al cabrón de tu amante que me deje pasar!
Las palabras de su ya ex, provocan que la rojez que desde el inicio del incidente teñía las bellas facciones de Sonia Almírez pase por toda la gama cromática para descansar de tantos sobresaltos en un verde enfermizo. Color enfermizo al igual que enfermizos son los pensamientos de la otrora flamante encargada y ahora asustada, humillada mujer, que sólo desea que la tierra se la trague y desaparezca de la tienda para no seguir siendo el blanco de las miradas burlescas del resto de empleadas, del infeliz que siempre ha sido Armando. Sí, siempre, pero no en este momento en el que parece que está en el paraíso mientras ella aprende lo que es estar en el infierno.
Y es en ese mismo infierno en el que se encontraría Luciano Morales si fuese consciente de lo que está sucediendo, de lo que está haciendo. No es consciente porque no puede serlo, porque su consciencia ha sido ya totalmente suplantada por el increíble hecho de que las todas bacterias de su cuerpo han discernido que están vivas, de que son ellas las que mantienen vivo al ser que se hace llamar Luciano Morales. En el transcurso de sólo un día, la Micro Biota de Luciano Morales se ha hecho cargo de la situación con el fin último de culminar la obra comenzada hace tres mil quinientos millones de años.
En todo caso, esto es irrelevante, de momento, para la realidad de Luciano, que se mantiene totalmente ajeno a ese hecho postrado como está en su cama. Sudoroso, tembloroso, enfermizo. Son las diez de la mañana del día siguiente al comienzo del proceso de cambio. En su círculo de conocidos, y este es muy amplio, ya nadie duda de que Luciano ha perdido el juicio, de que está loco. Nadie habla de otra cosa. El pecado capital de la envidia hace que la falsa conmiseración se apropie del único tema de conversación en las lenguas de los próceres de la ciudad. El señor Morales protagonizando numerosos escándalos en distintos escenarios para el desarrollo de idéntico drama, el drama de la pérdida del juicio. Todos saben que hoy no ha acudido al trabajo, pero lo que desconocen es lo que se les viene encima al mismo tiempo que el mencionado personaje es víctima de una combustión espontánea en su cama.
Sí, Luciano Morales arde desde dentro en soledad. Solo, se quema en su propia cama y si así no fuese, el casual espectador podría comprobar cómo el cuerpo es devorado por las llamas sin tocar la cama. Podría comprobar como de entre el humo sale un nuevo Luciano Morales que con gesto poderoso, con gesto de triunfo, se yergue observando todo a su alrededor.
Lo que ha sucedido es tan inverosímil como cierto.
Las bacterias, el cuerpo de bacterias denominado por la ciencia como Micro Biota, ha tomado conciencia de sí mismo y se marca un objetivo. Suplantar a Luciano Morales. Este nuevo Luciano Morales podría parecer maléfico en sus propósitos pero no lo es, simplemente está reclamando lo que siempre fue suyo. Y no es ni más ni menos que la avanzadilla de un ejército de dobles cuyo número es de ocho mil millones de ejemplares, vaya, que de cada ser humano saldrá por medio de la combustión espontánea un nuevo ser. Un doppelganger con la intención, lograda, de en cierta manera parasitar toda la tierra. Una tierra que por derecho y desde el principio de los tiempos les pertenecía. Las antiguas bacterias permitieron organizar a un ser humano que domesticó y colonizó todo un planeta. Cuando el objetivo estuvo cumplido, ella, la Micro Biota, se hizo cargo de la obra completa, del homo sapiens-sapiens. De todo lo que él había conseguido.