La niebla matutina envolvía los puentes de Rande como un sudario de plata. Desde la orilla de Redondela, en el fondo de la ensenada de San Simón, el mar parecía un espejo inmóvil, ajeno al bullicio que antaño definía sus aguas.
Antón apoyó las manos callosas sobre la borda de su vieja lancha de madera. A sus setenta y cuatro años, el muelle de Cesantes era su refugio y su condena. Ya no quedaban flotas de bajura madrugando para pescar los bivalvos que hicieron famosa a la ría; las tolvaneras de los bateeiros y la tecnología de los barcos nodriza habían barrido el oficio artesanal.
—¿Salimos hoy, abuelo? —preguntó Xoel, su nieto de doce años, que jugaba con un trozo de red vieja en la popa.
Antón miró el horizonte, donde las siluetas de las bateas flotaban como islas geométricas sobre el verde oscuro. Pensó en las historias que su propio padre le contaba sobre las fragatas hundidas en 1702, repletas de oro y plata que aún descansaban bajo el lodo de San Simón. Pero para él, el verdadero tesoro no estaba en los galeones españoles, sino en la memoria de los hombres que habían desafiado a las mareas con remos y velas latinas.
—Hoy no hay pesca, rapaz —respondió Antón con voz ronca, sacando del bolsillo una vieja caracola marina que guardaba como un amuleto—. Hoy toca escuchar lo que el mar nos quiere decir antes de que se lo lleven todo los cables y el cemento.
El muchacho se acercó, intrigado, y apoyó el oído en la abertura nacarada de la caracola. Aunque la ciencia decía que solo era el eco del flujo sanguíneo, en el silencio de la ensenada pareció distinguir el murmullo lejano de un antiguo cantar de marineros, un himno invisible que la ría de Vigo se negaba a olvidar.

