Simplemente el zumbido forma parte de nuestras vidas. El zumbido y la búsqueda de todo lo necesario para vivir cómodamente atomizan el esfuerzo mental que debería estar orientado en sobrevivir. Eso está garantizado. La supervivencia está garantizada. Por ello pensamos en la comodidad. Cuando salimos de la Tierra nos habían prometido ser la avanzadilla de la humanidad: aventura y gloria. No comodidad. Pero ya que no hay nada que hacer, todo se nos va en pensar en la buena vida. Está claro que aquí nos vamos a quedar, que nadie más va a venir. No es que estemos abandonados a nuestra suerte, es que ya nadie se acuerda de nosotros. La travesía se complicó. El viaje fue en cierto modo tan largo y tan inesperado, que la desconexión con el planeta madre no pudo evitarse.
Los motores gravitacionales iban a perdurar para siempre, siempre retroalimentados, pero el campo electromagnético de éstos nos habían lanzado hacia otra dimensión, hacia otro Marte, donde este planeta rojo nada tiene ver con el vecino de la Tierra que conocíamos por las sondas espaciales.
Millones de seres pueblan nuestro Marte. Seres voladores que zumban día y noche alrededor de nosotros haciendo las delicias de los doce intrépidos que no resultamos muertos, enloquecidos, en el tremendo viaje. Y este «haciendo las delicias´´ es literal. Más pronto que tarde descubrimos los efectos psicotrópicos de los voladores. Nos comimos las semillas que garantizarían el principio de los cultivos, pero no importa demasiado. Los voladores son todo lo que necesitamos. Los comemos cuando caen al suelo muertos después de aparearse en pleno vuelo, los machos, las hembras, cuando sueltan los huevos. Están buenos. Los asamos.
Cada elemento del equipo que llevábamos lo habíamos reciclado en un primer momento, momento fugaz, para nuestra estadía permanente. Los motores del transbordador nos servían de fuente de energía. Atrás había quedado la intención de su uso, cuando surcábamos la fría soledad. Sesenta imbéciles creyéndose capaces de remontar el tiempo y el espacio y descifrar con nuestra ciencia en pañales sus secretos y misterios. ¡El tiempo y el espacio!, menuda lección nos habían dado. Cuando atravesamos sus fronteras, alejándonos de la Tierra, fuimos víctimas de la arrogancia más necia y sucumbimos ante la implacabilidad del retorcimiento de la realidad.
Esto fue lo que sucedió: el discurrir incesante de lo que creíamos debía ser lineal se retorció y, en una fracción de segundo, nos catapultó a las puertas de algo nuevo. Algo nuevo para nosotros, claro, pero tan, tan viejo, como sólo lo permanentemente mutable puede serlo. El vehículo espacial que nos transportaba se vio inmerso en una corriente, en un flujo de energía que trastocó nuestros planes, y aún peor, nuestras mentes. La nave arribó sana y salva a la nueva realidad, pero no así la mayoría de nosotros. Los receptáculos del transbordador se llenaron de gritos y sangre. Un tremendo dolor de cabeza atacó a los que nos salvamos encerrados en los camarotes. La locura ciega hizo que los demás tripulantes sucumbiesen al suicidio como forma de alivio. Sólo sobrevivimos doce de nosotros, y, como los doce apóstoles de una nueva religión, de una nueva vida, fuimos fieles testigos del salto inter dimensional que habíamos protagonizado.
Cuando salimos al puesto de mando, pudimos comprobar que el planeta rojo no era tal. La posición frente a una Tierra que ahora estaba muerta era la correcta, sin embargo este Marte poseía atmósfera, amén de los verdes valles y los azules océanos que podíamos vislumbrar desde la altura. Bajamos. Y allí donde la nave tomo tierra, hicimos por poco tiempo nuestro primer asentamiento. Y digo primer, porque una vez establecido este, las desavenencias aparecieron, los cismas llegaron. Nos separamos por parejas. Habíamos quedado seis hombres y seis mujeres y así nos emparejamos, y, bajo los efectos de los voladores, copulamos. Día y noche.
Yo, Ristro Gong, estoy con May, mujer preciosa. Tratamos de evitar a las otras cinco parejas. Les tememos como ellas nos temen a nosotros.
Pues bien, cuando tomamos tierra en Marte hicimos todo lo posible por sobrevivir, pero como realmente no había mucho que hacer, nos dedicamos a pelearnos entre nosotros. Para seguir con la tónica de nuestro planeta madre, para poner de manifiesto una vez más y por primera vez en otra dimensión, la estupidez humana. Pronto abandonamos el transbordador infestado de muerte y, como digo, separándonos, caminamos por este nuestro nuevo mundo.
Los voladores zumbando, los árboles cargados de frutas que por su pestilencia sólo pueden ser ponzoñosas, los ríos de azufre, el océano embravecido, todo muy abigarrado y colorido, pero aterrador. Canya fue la primera en asar un volador y comérselo, su pareja Darian la siguió, y después el resto de nosotros. Bajo los efectos psicotrópicos de su carne nos aventuramos en este alucinante planeta. No mantenemos contacto los unos con los otros, pero por el humo de las fogatas, sabemos de las respectivas posiciones de los demás. May, siempre hermosa, sostiene que sería mejor ir acabando pareja por pareja hasta quedar sólo nosotros dos. Pero yo me pregunto si esa furia asesina terminaría ahí o si yo sería su última víctima. Quizás la penúltima. Porque mucho me temo que ella, al quedarse sola, optaría por el suicidio. Y eso sería una pena. Es demasiado bella. Y es por esa razón, la de no privar de su presencia al universo, que yo la desanimo.
Vivimos, May y yo, en la espesura. Copulamos sobre el mullido musgo, comemos voladores y bebemos el agua de una lluvia que cae caliente. La dejamos enfriar y nos la bebemos. Hemos, según me parece, descendido a la escala de lo animalesco.
May se levanta y estira su hermosa desnudez. Yo la miro, de un salto me pongo de pie, la abrazo y ya estamos en el lío amoroso. Los voladores sobre nuestras cabezas zumban por nuestro amor. El suelo está tapizado de sus cuerpecillos verdes y azules. No sabemos si son insectos o extraños pájaros. Tampoco es que importe demasiado, para comérnoslos y colocarnos, nos valen. Cumplen las expectativas sobradamente.
-Después de esto me ha entrado el hambre.-Le digo a mi compañera. Y preparo la hoguera.
-Yo también tengo un hambre voraz.-Dice ella.-No espero más, no te molestes en encender el fuego. Además ya estoy harta de revelar nuestra posición a esos cerdos.- Se ríe, y agarrando un volador, le da tan tremendo bocado que le arranca la cabeza.
La miro asustado, lívido me pongo. Y no es a causa de su ocurrencia, sino a causa del color de May, casi ni distingo su piel del verde suelo. May se ha convertido en un camaleón. Ella también se ha dado cuenta y moviéndose, confundiéndose con rocas, arbustos, con el propio cielo, se ríe como una posesa.
-¡Lo tenemos, lo tenemos!-Repite a gritos.
.¿Qué es lo que tenemos?-Pregunto confuso, alarmado por obtener respuesta y aterrorizarme aún más de lo que lo estoy.
-¡La solución!. Nos acercaremos al enemigo sin que tengan posibilidad de vernos, acabaremos con ellos de una vez.
Mis miedos eran fundados, pero prefiero ponerme de su lado que enfrente de ella. Eso es, no me quiero enfrentar a mi compañera.
-¿Mi amor, estás segura de que quieres hacer eso?-Pregunto como último recurso, pero sin oponerme manifiestamente.
-No seas cobarde. Si no los matamos acabarán ellos con nosotros.
No sé de dónde sacará estas ideas tan persecutorias. En todo caso, no pregunto, me mantengo al margen. No intento averiguar nada. Es preferible la ignorancia que presentar batalla a la que se me está representando como una auténtica fiera. May, la fiera, se da la vuelta, empieza a caminar, se detiene, se agacha, coge un volador y volviéndose lo lanza a mis pies. Sé lo que tengo que hacer. Lo que ella espera de mí. Mastico y me mimetizo con un enorme árbol que a mi espaldas ofrece unos frutos rojos, preñados de dios sabrá el qué. Caminamos. Ella precediéndome. Yo a la espera de sus indicaciones. Creo que no sabemos a dónde vamos, sigo sin preguntar. Esta mujer, esta aliada temporal y circunstancial, que desaparece ahora en el suelo, después confundida con un rio azul, no me ofrece ninguna garantía. Ni siquiera de cooperación. Me limitaré a seguirle la corriente y ya veremos. Me guardo una piedra afilada en el hueco de la mano a la espera de acontecimientos.
Recorrimos innumerables kilómetros y paisajes. No encontramos rastro de vida humana, pero si los cadáveres de ocho de nuestros correligionarios, antiguos camaradas. No sabemos lo que les ha sucedido pero nos lo imaginamos. Solomón y Freya; Lezo y Ranta; Wild y Calma y Tod y Runa, han caído víctimas de una muerte violenta. Presumiblemente a manos de los que no podemos hallar de ningún modo. Ni rastro de Darian y Canya.
Los primeros en comerse a los voladores y averiguar sus propiedades psicodélicas, parece que también han sido pioneros en el asesinato. Deduzco que la idea ha rondado varias cabezas. Aprieto la piedra en mi mano, a la mínima acabaré con el peligro que May representa para mí. Antes, y con un poco de suerte, mataremos a Canya y Darian. De pronto, al fondo de un valle, descubrimos un penacho de humo que sube recto en el límpido aire cuajado de voladores. Bajamos.
Al acercarnos a la hoguera lo hacemos cautelosamente, sin prisas, armados con enormes piedras. Les vamos a aplastar la cabeza. Están de espalda. Desaparecen. Dos afilados cuchillos se clavan en nuestros vientres.
Adiós.
Canya y Darian esperan. En sus manos cuchillos y voladores también esperan. Al dar muerte a los dos últimos enemigos, se ríen, se besan y se rebanan el pescuezo uno al otro.
Adiós a la aventura marciana.

