Cualquier oportunidad de salir de la casa familiar era buena. Cualquier oportunidad para escapar del amor asfixiante de su madre, un lujo que no podía desperdiciar; amor de su progenitora entendido como la atención enfermiza por tener cubiertas las necesidades básicas. Por este motivo iba casi cada dos semanas, cada dos sábados, a arreglarse el pelo a la peluquería. Su pelo no lo necesitaba, pero su cabeza sí. Ese sábado a la mañana, iba dispuesto a prepararse para la juerga de la tarde. Esa tarde preveía una salida. No podía salir todos los fines de semana a emborracharse en la zona de los Vinos, pero sí que le apetecía hacerlo todos.
En su casa lo tenían calado. A sus catorce años apuntaba maneras. Maneras de crápula. Él solo quería huir, evadirse, no le importaba que fuese un corte de pelo o una borrachera, aunque prefería esto último. Su alma recién estrenada le pedía acción, aventuras. Su familia lo único que pedía era que no causase problemas. Problemas no faltaban en aquella casa: problemas económicos, problemas con el vecindario y ahora, problemas con el menor de los hermanos. Estaban asustados con él, era demasiado joven para que llegase borracho como una cuba cada vez que salía, sin atinar a hablar, con la fuerza justa para caer derrotado en la cama, al borde del coma etílico.
Lo que sus padres y sus hermanos mayores ignoraban, era que desde hacía siete años ya había tirado la toalla después de haber luchado durante otros dos largos años contra un sentimiento de tristeza avasallador. Quizás era cierto que la propia vida le había robado la infancia, porque lo anormal de haber renunciado a ella con cinco años a él le había sucedido.
Simplemente aquel siete de noviembre vivió en primera persona el agobio de su madre a través de un aullido de desesperación por la ineptitud para vivir la vida elegida. Nadie la había obligado a tener cuatro hijos, pero claro, esas cosas se piensan después, después de cometer los errores, de pagar las consecuencias y de hacérselas pagar a los otros. Y así el día de su quinto cumpleaños experimentó la fealdad del mundo y comprendió que no tenía derecho a ser feliz, a ser un niño. Durante dos años más lidió con ese sentimiento y a los siete desertó definitivamente, se negó a seguir participando de aquella sociedad enferma que permitía acabar de un plumazo con la pureza, la inocencia, que permitía que un niño perdiese el derecho a serlo.
Ahora, pasado el susto inicial estaba experimentando nuevas opciones. Que placer! Perder por unas horas el conocimiento de uno mismo, sentirse en una nube, olvidada la propia existencia. Eso era lo que dolía; el ser, el ser dentro de su piel, el ser en relación con otros seres. A la mierda! Ahora tenía la solución. Una solución a la medida de un alma rota, tan joven y tan gastada, tan enferma de tristeza, que daba miedo sólo de pensarlo. ¿Quién coño se iba a enfrentar a un hecho tan doloroso? Él no, desde luego. Y su familia tampoco. Era más fácil pensar que él mismo tenía la culpa de sus desatinos, que era un cafre.
El sábado que nos ocupa, a las diez de la mañana, salía por el portal de la calle hacia la parada del autobús. Al llegar se encontró con una chica de su edad que también esperaba. A su lado había sitio para él, pero su timidez hacía que fuese una quimera sentarse en el mismo banco que ella. Se quedó de pie fuera de la marquesina. De vez en cuando miraba a la chica a través del cristal, suponía que ella ni se había dado cuenta de que él estaba allí. Unas veces se creía invisible y otras el blanco de todas las miradas. Según de dónde soplase el viento, según lo que le hiciese más daño, su sentido del ridículo se encargaba de hacerle la vida insoportable.
El autobús llegó. Se subieron. Después de un viaje de cuarenta y cinco minutos arrinconado en la barra fija de la ventana, la vista clavada en sus zapatos, los colores subidos y el pensamiento más alborotado que el pelo que se iba a recortar, se bajó en el centro. Caminó un rato y entró en la peluquería que había visitado por primera vez acompañado de su hermano mayor hacía unos meses. Fuera tenía un cartel que rezaba:
Agapito Peluquero
Agapito peluquero, el propietario del nombre y del negocio, estaba a la altura de la coña que nombrarlo en voz alta provocaba. Era un hombre de unos cuarenta años, bajo, ni gordo ni flaco, con bigote y, lo iba a descubrir esa jornada, también alcohólico.
El muchacho entró, notando al cruzar la puerta una atmósfera rara. Se sentó. Había un cliente en la silla del peluquero, pero se levantaba en ese mismo momento. Agapito lucía el aspecto de no haber dormido en toda la noche. Se movía torpemente, estaba como ausente. El hombre que ya se disponía a irse, sin pagar, sin haber recibido el servicio por el que había entrado en el establecimiento, le dijo como si de un consejo se tratase: «Vete ya para casa, Agapito´´ Al salir miró de reojo para el adolescente y meneó la cabeza. El peluquero miró también para Martín y le hizo un gesto hacia la silla que había quedado vacía. El chico obedeció. Y obedeció no porque no se diese cuenta de lo que pasaba, del panorama dantesco que ofrecía Agapito borracho como una cabra a las once de la mañana, toda la noche en vela aplicado a la botella. Obedeció porque tenía anulada su voluntad frente a la voluntad del otro, frente a los deseos de los demás. Este rasgo debilitante de su carácter que tantos problemas le ocasionaría a lo largo de su vida, sirvió esa mañana para que Agapito le hiciese un estropicio en su cabellera. El peluquero daba vueltas en torno a su cabeza cortando en principio por su lado izquierdo, pero se cansó pronto. Se veía que llevaba toda la noche de pie y ya le estaba apeteciendo tirarse en su cama. Quería despachar pronto a Martín para seguir el consejo del anterior cliente, pero esto era a costa del buen hacer de su oficio, demostrado cada dos sábados en el pelo de Martín. Pero no este sábado. Cinco minutos después de haber comenzado, unos tijeretazos más tarde en el lado izquierdo de su cabeza, dijo:
«Ya está´´
Por supuesto que no, por supuesto que no estaba. El lado derecho seguía intacto, no le había cortado ni un pelo. Martín, azorado, se levantó y le pagó como si el otro hubiese terminado su trabajo con solvencia. Al asumir el pago sin una protesta normalizó una situación desquiciantemente anormal. ¿Y ahora qué? No tenía más dinero para entrar en otra peluquería y arreglar el desastre. Se sentiría ofendido si supiese lo que era el orgullo, la dignidad, pero no era el caso. No lo habían educado para eso, ni los profesores ni sus padres. Le pagó y aún le dio las gracias antes de salir para perderse en las calles comerciales. El pelo intacto por el lado derecho. Corto por el lado izquierdo.
Agapito tiró pa lante cortando lo que le dio la gana, parando cuando quiso. Era bien cierto que llevaba una borrachera monumental. Había ido a su trabajo por inercia, no por propia voluntad. En el estado en el que se encontraba desde luego que no era dueño de sus decisiones, ni siquiera sabía lo que deseaba. Bueno, sí, lo que ahora deseaba era dormir la mona. Vio como se iba el muchacho tímido, bajó la verja desde dentro y se tumbó en el suelo poniendo debajo de su cabeza el cojín de la silla. Adoptó la posición fetal y se durmió al momento.
Martín no confiaba en no llamar la atención, de sobra sabía que todo dios lo iba a mirar, aunque el pensamiento de invisibilidad acudió en esta ocasión a su rescate: «A lo mejor…´´Sus amigos del instituto se encontraban reunidos para una salida deportiva en la plaza del ayuntamiento, a unos centenares de metros de donde él estaba. Fue para allí. Al llegar lo vapulearon con chanzas sobre su aspecto. «Mierda´´-pensó-«Sí que se nota´´No sabía cómo lo iba a enfocar al llegar a su casa, vaya, cómo lo iba a contar. Cómo decirle a su madre que el peluquero Agapito estaba borracho y que él se había dejado cortar el pelo. Cómo justificar esa falta. Pero no la falta de su falta de voluntad, sino la falta de la borrachera del otro que movía la culpa por su propia borrachera. La que se cogía cada vez que podía. La madre iba a pensar automáticamente en la borrachera del hijo. Si ya le resultaba difícil asumir su culpa, le era inviable asumir la culpa del peluquero, tanta culpa lo aplastaría. Cogió el autobús como pudo, encogiéndose mentalmente dentro de sí y se fue para la casa de su madre pensando que ya improvisaría al llegar.
La madre lo vio entrar en la finca, una parte de su cabellera trasquilada, la otra intacta.
«Cómo vienes así´´le preguntó.
«Llamaron por teléfono al peluquero y tuvo que salir corriendo´´contestó como de pasada, amagando despreocupación.
«Ya…´´le dijo sin convicción, y le arregló el desastre. No le creía ni una palabra, pero prefería no saber. Todo lo relacionado con su hijo menor la aterrorizaba. Lo amaba pero lo temía. Era un ser extraño, triste y extraño. Cuando terminó le dijo:
«Ya está´´
Ahora sí que ya estaba, pero solo en apariencia. Claro que tampoco estaba. Faltaban tantas cosas por comenzar, no digamos por terminar…Tantos diálogos que mantener… Tantas risas y tantos llantos que compartir… Tanta tristeza que disipar…Tanta mugre que limpiar en aquél vínculo maltrecho, que cualquiera se atrevería siquiera a nombrarlo.



