El viento soplaba con fuerza desde el noroeste, levantando crestas de espuma blanca que se estrellaban contra los acantilados negros de Illa Pancha. Desde la garita de control de la pasarela, Manuel observaba cómo el mar engullía los salientes de pizarra. Tenía cincuenta años y llevaba media vida cruzando aquel estrecho puente de hormigón que unía la costa de Ribadeo con el islote.
Aquel día no tocaba mantenimiento de rutina, sino vigilar la descarga de combustible para el generador auxiliar del faro viejo, una tarea delicada que solo se podía realizar cuando la marea daba una tregua y el viento permitía acercar el camión cisterna hasta la plataforma.
A mitad de la maniobra, una súbita racha lateral barrió el islote, haciendo oscilar el pesado manguito de trasvase. Un falso movimiento y el combustible amenazó con derramarse sobre las rocas protegidas.
Antes de que Manuel pudiera bloquear la válvula principal por sí solo, un grito sobre el rugido del mar rompió la tensión. Desde la caseta de aparejos vecina, Antón, el torrero más veterano de la comarca que acudía a echar una mano, se lanzó contra el viento. Con las manos embutidas en gruesos guantes de cuero y apoyando todo su peso contra el conducto metálico, ayudó a bloquear la palanca de seguridad justo a tiempo.
No hubo aplausos ni palabras grandilocuentes. En un lugar tan aislado como Illa Pancha, donde el mar castigaba sin piedad cada metro cuadrado de roca, la solidaridad entre compañeros no se discutía; era el único escudo contra el desastre.
Ambos se quedaron unos segundos apoyados en la barandilla, mirando cómo el oleaje seguía golpeando la escollera con furia mientras el cielo comenzaba a teñirse de un tono ámbar oscuro. Secándose el sudor frío de la frente, Antón le dio una palmada en el hombro a Manuel y sonrió con ironía.
—Menos mal que el mar avisa antes de enfadarse del todo —dijo con voz ronca.
Y con la misma naturalidad con la que se habían salvado de un susto mayor, retomaron las herramientas, sabiendo que en aquel rincón del norte de Galicia la supervivencia y el oficio siempre dependían de tener a alguien firme al otro lado del cable.



