La barca golpeaba con un seco clanc contra el pantalán de madera flotante. Eran las cinco y media de la madrugada, y el aire en la ensenada de San Simón cortaba como una hoja de afeitar. Manuel se subió la cremallera del mono térmico hasta la barbilla y ajustó el gorro de lana antes de encender el motor fueraborda. El ruidoso ronroneo de los dos tiempos rompió el silencio plomizo que cubría el fondo de la ría de Vigo.
A su alrededor, la niebla borraba los perfiles de los puentes de Rande. Las gigantescas moles de hormigón quedaban ocultas en la penumbra, dejando que solo el parpadeo lejano de las balizas de navegación guiara el trayecto.
A los cincuenta y ocho años, Manuel formaba parte de una especie en extinción: los mariscadores a flote que todavía faenaban de forma tradicional en las rías gallegas. La cofradía de Redondela ya no convocaba asambleas multitudinarias; los jóvenes preferían la estabilidad de los astilleros en Vigo o los empleos en el sector servicios antes que pasar jornadas enteras con los riñones rotos sobre una barca, a merced de unas mareas cada vez más imprevisibles.
—Venga, Manuel, que hay que aprovechar la bajamar —se dijo en voz baja, mientras enfilaba la proa hacia el canal que serpenteaba entre las bateas de Cesantes.
El agua de la ensenada tenía ese tono marrón verdoso tan característico, cargada de los nutrientes que bajaban por el río Verdugo. Era un ecosistema frágil, vigilado de cerca por los biólogos y castigado por los temporales de invierno que arrastraban lodo y plásticos hasta las mismas puertas de las islas de San Simón y San Antón.
Llegó a su zona autorizada de extracción y paró el motor. El silencio volvió a tragarse el entorno, roto únicamente por el chapoteo rítmico de las gaviotas que ya empezaban a sobrevolar las cuerdas de los mejillones en busca fácil.
Sacó el rastro —la estructura metálica con una red de malla fina que utilizaba para remover el fondo arenoso— y lo lanzó por la borda con un gesto fluido, fruto de cuarenta años de oficio. Sintió el peso de la herramienta a través del cabo y comenzó a tirar con la maquinilla hidráulica, un lujo moderno que al menos le salvaba los hombros de terminar destrozados.
Mientras el aparejo rascaba el sedimento, Manuel pensaba en la reunión de la semana anterior en la lonja. Las cifras de producción de almeja fina y babosa no dejaban de caer. Entre la contaminación difusa, el furtivismo nocturno que esquivaba los controles y el calentamiento del agua que alteraba los ciclos biológicos, el futuro pintaba en gris oscuro. Muchos compañeros habían vendido los permisos de explotación (permex) para jubilarse antes de tiempo o cambiar de rumbo.
El rastro subió a la superficie. Manuel lo izó a pulso con un esfuerzo seco, volcó el contenido sobre la mesa de trabajo de la lancha y apagó el motor por completo para concentrarse en la tarea.
Entre fango, algas y pequeños restos de conchas rotas, brillaron varias piezas. Separó con rapidez los ejemplares que cumplían la talla legal. Había media docena de buenas almejas babosas, de una calidad excelente, y un par de ostras planas que devolvería al agua por estar en veda. El resto eran ejemplares demasiado pequeños que cayeron de vuelta al fondo de la ría con un repiqueteo sordo.
Contempló las almejas en su mano áspera y callosa. Tenían las valvas cerradas con fuerza, protegiendo la vida en su interior frente a un entorno que cambiaba demasiado deprisa.
El sol comenzó a abrirse paso lentamente por detrás de los montes de Arcade, tiñendo el agua de un tono cobrizo y disolviendo los jirones de niebla sobre las bateas. La ensenada recuperó su estampa habitual: hermosa, melancólica y profundamente viva a pesar de todo.
Manuel encendió de nuevo el motor. Sabía que al día siguiente volvería a salir, porque el mar no era solo un medio de vida, sino la única forma de entender el mundo que le había dado identidad.



